Cristina inauguró ayer dos obras muy importantes para la Argentina que queremos. La nueva estación B de Ezeiza que, con última tecnología, va a duplicar su capacidad operativa. Es la puerta de entrada y salida al mundo de personas y mercaderías. Bienvenida, entonces, esa inversión de 570 millones de pesos. Un rato antes, la presidenta puso en marcha el flamante Centro de Formación para Pilotos de Aerolíneas Argentinas. Otro hecho positivo que repara lo que hicieron los grupos privados que vaciaron la empresa en complicidad con los gobiernos de turno.
 
Hay tres simuladores, para entrenar a los pilotos en cada tipo de avión, los Embrear, los Airbag y los Boeing que tiene la flota de la línea de bandera. La presidenta, curiosa por naturaleza, tripuló uno de los simuladores en un ejercicio que le permitió aterrizar en Bariloche. Confesó que no lo pudo hacer despegar, que le generó demasiado vértigo. Hasta ahí, todo simpático, todo destacable y por eso lo destaco. Pero la obsesión por contar solo una parte de la verdad se expresa en todos los planos. En su discurso se encargó de elogiar a los jóvenes de La Cámpora que ella puso al frente para manejar la empresa.

Los llamó para sacarse todas las fotos con ellos. Tuvo para Mariano Recalde, Axel Kiciloff y Eduardo de Pedro muchos adjetivos y elogios pero casi ningún dato objetivo. Habló del éxito de Aerolíneas y del fracaso de los anteriores dueños, el grupo Marsans, que no dejó torpeza por cometer y que todavía está en los tribunales litigando para que le paguen por la expropiación. Hay una parte clave de todo esto que Cristina se ocupó de ocultar. Para empezar, la falta absoluta de transparencia. Es escandaloso que una empresa de semejante envergadura no haya presentado los balances correspondientes en los últimos años. Cristina dice que son sumamente exitosos. Los expertos en el tema dicen que los muchachos camporistas lograron mejorar los servicios que prestan en los aviones pero, escuche bien por favor y le pido que se siente para que no se desmaye.

Escuche bien: pierden la friolera de dos millones y medio de dólares por día. ¿Qué me cuenta? Desde que Aerolíneas se transformó en La Campora Airlines, en julio del 2008, llevan perdidos más de 3.320 millones de dólares. Una fortuna que alcanzaría para comprar algunas empresas de la región que no solamente no pierden sino que ganan dinero. No hay balances y lo que se puede averiguar habla de un verdadero agujero negro, plagado de militancia política contratada y de sueldos fabulosos de los gerentes. Eso lo pagamos todos los argentinos, incluso los mas pobres, los que no llegan a fin de mes o no tienen lo suficiente para alimentar a su familia. Nada de eso dijo Cristina. Es cierto que necesitamos tener conectadas a regiones de la Argentina que los vuelos privados no van porque no es rentable. Yo aplaudo que lleguemos a destinos a los que nadie va.

Es una responsabilidad del estado. Integra al país y potencia la soberanía. Pero nadie puede explicar porque se pierden fortunas en los viajes a Miami, Madrid, Barcelona, Roma, Sydney, entre otros lugares a los que difícilmente viajen argentinos pobres. ¿Qué le quiero decir con esto? Que todos los ciudadanos estamos subsidiando a gente que no necesita ayuda. Otro tema inexplicable.

Es aquí donde el relato se derrumba. Es aquí donde empiezan las turbulencias en ese avión llamado Argentina en el que viajamos todos y que pilotea la presidenta. Con la verdad no ofendo ni temo. Deberían mostrar en forma transparente todos los números de Aerolíneas. El pueblo quiere saber y tiene derecho a saber que se hace con su dinero. Con ese 21% brutal de IVA que los argentinos más humildes pagan cada vez que compran un paquete de fideos o de yerba. No se pueden dilapidar en forma irresponsable los fondos públicos. Hay que rendir cuentas.

Cristina debe comprender que el sillón de Rivadavia no es un simulador. Que está al mando del vuelo por el voto popular y que nos debe llevar a destino sin accidentes. Todos queremos que el país despegue de una vez por todas y no tengamos más aterrizajes forzosos. Pero para eso es necesario no ignorar las alarmas que están sonando en la cabina de mando. Luces rojas en la economía que reclaman más racionalidad y menos mentiras. El país no es un simulador. Señores pasajeros, ajusten sus cinturones