No puede faltar el balance político. Es el primer año del segundo mandato de Cristina. El quinto consecutivo de ella que va rumbo a una década de gobierno kirchnerista. Las sumas y saldos arrojan un resultado negativo. Por varios motivos. El comienzo y el final estuvieron signados por tragedias sociales en las que el gobierno nacional tuvo gran parte de responsabilidad y que no merecieron de parte de la presidenta ni una palabra. En ambos casos se recluyó en el silencio.

Se lavó las manos y se colocó lejos del luto y el dolor de los demás. Hablo de aquel siniestro ferroviario que nos arrancó la vida de 52 hermanos argentinos cuando el tren de la corrupción de estado y la mafia empresaria chocó en la estación Once. Y hablo de este cierre de 4 muertos, varios heridos y casi 300 comercios saqueados por la exclusión, la miseria y la marginalidad salpicada por las barras bravas del fútbol y las pandillas que subalquilan los narcos.

El comienzo y el final de un 2012 que marcó su contenido nefasto de vidas que se pudieron haber salvado y de bienes que robaron impunemente. Pero hablando de robar con impunidad hay un caso que es emblemático de este calendario que termina pero también lo será en el futuro de todo el gobierno de Cristina. Porque el escándalo de Amado Boudou y el caso Ciccone es imposible de ocultar. Hay demasiadas metidas de pata, demasiados dedos pegados y la olla que destapó el periodismo despide un olor nauseabundo que nadie podrá olvidar. Tal vez la justicia siga mirando para otro lado mientras Cristina tenga como tiene casi la suma del poder público. Pero tal vez, cuando las elecciones parlamentarias del año próximo repartan un poco mas las bancas aparezca alguna fisura que lleve a la cárcel a Boudou o por lo menos a que la presidenta le pida la renuncia.

Es el agujero negro más grande que tiene este gobierno respecto del tema de la honradez y la ética de sus integrantes. No es el único porque Ricardo Jaime, Felisa Miceli, los Schocklender y toda la fundación Sueños Compartidos de las Madres que lidera Hebe Bonafini, también están bajo la lupa judicial. Pero lo de Boudou, es gravísimo porque es nada menos que el vicepresidente y porque lo eligió Cristina con su dedo y en soledad. Por lo tanto todo el costo político lo deberá pagar la presidenta. Pero los errores del gobierno no solamente estuvieron ligados a la falta de honradez y a las sospechas. Los errores no forzados también hay que buscarlos en la omnipotencia, el autoritarismo y la soberbia para intentar controlar a todos y no permitir que nadie controle al gobierno. Por eso se gastó tanta energía y dinero en la batalla contra Clarín que en realidad es la guerra contra el periodismo independiente y el avasallamiento más feroz contra la justicia desde que recuperamos la democracia en 1983.

Después se pueden encontrar metidas de pata para todos los gustos. El cepo cambiario que destruyó la actividad inmobiliaria. El robo al bolsillo de los trabajadores que es un impuesto a las ganancias sobre salarios que apenas alcanza para que una familia viva con dignidad. La mentira constante de la inflación que erosiona los ingresos de los que menos tienen y que además son trabajadores en negro. O se llega a la desmesura provocativa de decir que se puede comer con 6 pesos por día.

La inseguridad que tuvo momentos de inquietud social muy extendida y que no encontró nunca de parte del gobierno una política correcta. Hay gente que se sintió ofendida y hastiada por el uso y abuso de la cadena nacional, la maquinaria propagandística de Fútbol para Todos y por el papelón cargado de altanería y carente de sentido común de Cristina en Harvard que, como se sabe, no es la Matanza. Esta acumulación de falencias desembocó en protestas de casi todos los sectores sociales. La más contundente y masiva sin dudas fue el 8N donde una mayoría de sectores medios se lanzó a la calle a protestar sin liderazgos y autoconvocados por las redes sociales.

También el 13 S había sido un grito que no se escuchó o, peor todavía, se humilló cuando el jefe de gabinete, tal vez uno de los peores funcionarios, dijo que era gente que le interesaba mas lo que pasaba en Miami que en San Juan. A la clase media se le sumaron los trabajadores organizados que en su mayoría habían votado a Cristina. El paro y la movilización de Hugo Moyano, Pablo Micheli y otros aliados. Hasta los gendarmes dijeron presente para levantar la voz. Y los productores agropecuarios por la confiscación de la Rural y el ataque a la Federación Agraria.

Y finalmente, también pusieron su grito en el cielo los más pobres de los pobres que arrasaron con cuanto comercio encontraron a su paso. Nunca los balances son completos. Este año pasaron demasiadas cosas. Lo preocupante es que la mayoría deterioraron la imagen de la presidenta y su intención de voto. Fue el peor año de Cristina como presidenta. Fue el año de las oportunidades perdidas.