De entrada le tengo que recordar que mi responsabilidad como periodista es decir la verdad. O por lo menos lo que yo creo que es la verdad. Con la mayor honestidad intelectual posible, con la máxima rigurosidad y con la experiencia que me dio practicar este oficio que amo por casi 35 años. Mi tarea es argumentar lo que yo creo que está pasando y lo que puede pasar. No lo que yo quiero que pase. ¿Se entiende? Lo que a mi me gustaría que pase no le importa a nadie, solo a mis amigos y mi familia.

Mi trabajo me obliga a informar lo que está ocurriendo y lo que puede ocurrir este domingo. ¿Me puedo equivocar? Por supuesto. Una y mil veces. ¿Puede haber una corriente de opinión subterránea que no alcanzamos a registrar? Por supuesto. Trabajamos con subjetividades, con humores sociales, con esperanzas, con frustraciones. El análisis político no es aritmético. Su materia prima no son los números ni los robots. Por suerte, todavía la historia la construyen los pueblos y los pueblos están integrados por seres humanos de carne y hueso. Digo esto porque algunos oyentes se enojan al escuchar lo que no quieren escuchar.

Y toda la información que dispongo dice con claridad que Cristina Fernández de Kirchner tiene una altísima intención de voto y eso la coloca a las puertas de la reelección. ¿Esto es una verdad inmodificable? No. ¿Pondría yo las manos en el fuego por este resultado? Jamás. La vida te da sorpresas y las urnas cargadas de votos son las únicas que tienen la verdad de los números. Y eso lo sabremos después de contarlos uno por uno. Nadie gana ni pierde nada en la vida antes de competir. Pero hay señales, datos, situaciones que permiten hacer un diagnóstico probable aunque no seguro. Y esas señales advierten que por varios motivos Cristina es la que más posibilidades tiene de seguir gobernando los próximos cuatro años.

Esa candidatura, como todas, tiene fortalezas y debilidades. Podría hacer una lista de 20 cosas positivas y 20 negativas de la era Kirchner. Pero como no hay tiempo le comento las principales. El oficialismo tiene a su favor que el mundo productivo, es decir una gran parte de los trabajadores y las empresas, no recuerdan un momento mejor que este. Tienen que hacer un gran esfuerzo de memoria para encontrar un período donde se hayan creado tantos puestos de trabajo y donde el país haya crecido tanto con un nivel de consumo sin antecedentes. El salario mínimo argentino es el más alto de América Latina.

El plan de Asignación mal llamada Universal para hijos de desocupados y trabajadores en negro tiene una extensión y una profundidad que atiende la emergencia y que transfiere recursos a los más humildes como nunca en la historia. Hay muchos reparos y aclaraciones que se pueden hacer sobre esto que acabo de plantearle. Que la asignación fue una idea de Carrió y la CTA. Que el mundo está reclamando lo que Argentina produce y eso le facilita las cosas al gobierno. Todo lo que usted quiera.
 
Pero lo que yo le describí es una realidad que muchísimos argentinos valoran y no quieren perder por nada del mundo. Y van a votar en consecuencia porque todos los meses lo sienten en sus bolsillos. Si damos vuelta la moneda y vemos la cara negativa del kirchnerismo en el poder podemos hablar de la pobreza que todavía es altísima, que golpea a 3 de cada 10 argentinos, de la inflación del 25% que se oculta con patotas en el INDEC, que las clases medias urbanas y rurales tienen mucho rechazo hacia la corrupción y el autoritarismo de estado y al maltrato permanente al que piensa distinto.

Estas demandas son la plataforma de la mitad de la población que no tiene por ahora una expresión unificada desde el punto de vista electoral. ¿Quién encarna estos reclamos con su candidatura? Alfonsín, Duhalde, Binner, Carrió… no se sabe. ¿Cuántos votos suma ese sector de la sociedad? No se sabe. Es una información que cada ciudadano tiene en su cabeza y su corazón y que la expresará con su voto este domingo.

La Argentina está prácticamente partida al medio en sus preferencias o rechazos por Cristina. De un lado hay una candidatura sólida, con el 100% de conocimiento, con bastante aceptación y con la ventaja y los recursos que da el poder. Del otro lado hay un puñado de voluntades que pelean por representar el voto castigo que también es elevado. Hay dos números que son claves para entender lo que pasa y lo que viene. Primero, el nivel de desocupación que es del 7,3%.

Todavía hay que bajarlo mucho más. Pero desde el 2001 hasta ahora se bajó claramente y ese es el punto de referencia que mucha gente toma para comparar. Venimos de aquel infierno. Y la otra cifra mágica es el 45%. Si Cristina se acerca a ese porcentaje tendrá la elección del 23 de octubre, virtualmente ganada. Veremos si esto se verifica en la práctica. Las urnas y la voluntad de todos darán el veredicto. Es la soberanía popular la que tiene la palabra.