En julio del año 356 AC, en la ciudad de Pella, el rey Filipo II de Macedonia y la princesa Olimpia de Epiro tuvieron un hijo al que llamaron Alejandro.
El niño creció a la sombra de su padre el rey, pero prontamente tomó brillo propio. 
Tuvo un tutor maravilloso: Aristóteles, quién desde los 13 años lo aconsejó y preparó para la vida. Su influencia fue definitiva. Le inculcó el amor por las letras, la curiosidad y la admiración por la cultura griega.