La familia, los amigos, la salud, la estabilidad laboral y la tranquilidad económica, entendida como llegar a fin de mes, determinan la satisfacción de las personas. Esos factores hacen que la gente sea feliz. Lo otro, empezando por la política, pasa a ser secundario. Algo que ocurre fuera de casa, como el solazo en el verano o la nieve en el invierno. Un estudio del Pew Research Center, para el cual fueron consultados casi 19.000 adultos de 17 economías avanzadas, revela no sólo eso, sino también la lejanía de aquello que mantiene en vilo a las cúpulas del poder, cada vez más divorciadas de las necesidades de la población.

Un sondeo anterior, realizado en 34 países, revelaba que más de la mitad de los ciudadanos en el mundo no está satisfecha con el funcionamiento de la democracia. Los motivos: frustración con la clase política e inestabilidad económica. El monopolio de la virtud consiste en estos tiempos en apartarse de los partidos tradicionales, desangelados en casi todas las latitudes, y transitar por el centro o abrazar una suerte de religión. La feligresía, abroquelada en movimientos que presumen ser nacionales y populares, recrea aquello que el psicoanalista y psicólogo social Erich Fromm llamó miedo a la libertad en la década del cuarenta.

Fromm describía el anhelo de restaurar el orgullo de una nación, la Alemania nazi, bajo el ala de un líder autoritario aclamado por las clases medias. Gobernaba en nombre de una raza superior. La diferencia radica ahora en que la raza superior resulta ser la inferior. La de los relegados del sistema, utilitarios para determinados líderes en ocasiones tan trascendentes como las elecciones. En esa contradicción, los líderes que se jactan del “Estado presente”, como en Argentina, no pisan un hospital público ni inscriben a sus hijos en colegios o universidades que no sean privadas, pero despotrican contra las monarquías y las elites. Coherencia al cuadrado.

La vida es una, se supone, y no hay que desperdiciarla mientras una porción que se siente privilegiada declama igualdad por la mano izquierda y por la derecha. El Estado de bienestar, con fondos estatales, nunca propios, se ha convertido en un club de fieles reacio a perder sus magros ingresos por participar de una movilización en contra de algo o votar a favor de un candidato ignoto que representa al poder de turno. Es el resultado de políticas redistributivas orientadas a los sectores populares. Que no están mal en tanto sean momentáneas. Para salir del paso. No perennes como la hierba en desmedro de la dignidad.

La palabra en discusión desde hace unos años es populismo. Un reproche, acaso un insulto, que perdió valor conceptual por su uso excesivo. Da la vuelta al mundo más rápido que en los 80 días de Julio Verne. Va y viene por izquierda y por derecha como si se tratara de un estilo de liderazgo siempre ajeno. El de un líder paternal y carismático para su clientela electoral que resulta despreciable y demagógico para la otra, la de la acera de enfrente, aunque tenga su populista de cabecera. A tiro de refundar el país en nombre de instituciones que no respetan ni uno ni el otro. Siempre en nombre del pueblo, por más que el populista en cuestión no recuerde ni el color del dinero de su propia comarca.

En esa trampa cayeron varias sociedades frente a una vertiente de corte progresista que deslegitima al detestado neoliberalismo del cual, curiosamente, ninguno se aparta. La de los hippies con Osde (por el plan de medicina prepaga), versión argentina. Los tupas, versión uruguaya. Los mortadelas, versión brasileña. Los zurdos, versión paraguaya. Los comunachos, versión chilena. Los comanches, versión guatemalteca. La izquierda caviar, versión española. Tan coherentes en el fondo como pretenden mostrarse los populistas de derecha, embelesados con autócratas como Jair Bolsonaro, Donald Trump y Viktor Orbán.

¿Qué le importa realmente al ciudadano de a pie, ese que procura tener una vida digna, trabajar a diario y nada más? Mientras lo surcoreanos anteponen el bienestar material, sinónimo de «comida en la mesa» y «un techo sobre mi cabeza», los taiwaneses ponderan la democracia (amenazada por China), los norteamericanos exaltan la religión y los británicos, los australianos, los franceses, los neozelandeses y los suecos ponen el acento en la naturaleza. Rasgo notorio entre aquellos que se identifican con la izquierda, más cerca de los verdes que de aquellos que no ven problema alguno en los incendios de la Amazonía o en las tragedias climáticas.

En términos políticos, los republicanos y los independientes de Estados Unidos duplican a los demócratas cuando mencionan la libertad y la independencia como significado de sus vidas. También los hay quejosos con su sociedad. En especial, en ese país, Italia y España. El orden de prioridades de los jóvenes, que contempla amigos, educación y pasatiempos, va a contramano de las preocupaciones por la jubilación y la salud entre los adultos mayores. Normal. Puertas adentro, las personas se preocupan más por sus afectos e inclusive por sus mascotas que por el resultado de las elecciones, así como por la comida, la ropa y la vivienda en un contexto alterado por la pandemia y la disconformidad previa. La de la convulsión social de 2019. Que persiste.

Jorge Elías

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