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La reinvención de un país

Le toca a Joe Biden la reinvención de la imagen de Estados Unidos tras cuatro años de arbitrariedades, aislacionismo y malos modales

Trump, el primer presidente de Estados Unidos en ser sometido a dos juicios políticos

Hay gente que paga puntualmente sus impuestos, pero defiende a un presidente, un ministro, un legislador, un gobernador o un alcalde que arriba al cargo con un patrimonio más o menos modesto, elude esa obligación y amasa una fortuna injustificable. No es el caso de Donald Trump, rico desde la cuna, aunque se haya jactado de no presentar su declaración de impuestos en tiempo y forma. Hay gente que también defiende a aquellos que, envueltos en un supuesto halo de impunidad, alzan el índice para señalar a quienes critican su proceder e incitan a la violencia a sus fanáticos en su afán de torcer o negar la realidad. Es el caso de Trump.

Hay gente para todo. Le toca a Joe Biden, como a cualquier otro presidente en sus zapatos, la reinvención de una imagen. La de Estados Unidos. Trump alentó la rebeldía, cual adolescente caprichoso, para convencer al mundo de un fraude electoral que no pudo demostrar en los tribunales. Lega los excesos y los desplantes, así como las mentiras con modales escasos. El resabio de una gestión caótica que no logró el segundo turno por el manejo desaprensivo de la pandemia, el letargo frente a los disturbios por el crimen de George Floyd y la dudas creadas por una economía que iba bien con el America First hasta que la granada le estalló en la mano.

De no haberse desatado la crisis sanitaria global, ¿Trump hubiera sido reelegido? Quizá. El problema no es Trump, sino la gran novedad para los norteamericanos: el trumpismo. Un movimiento que excede a los partidos tradicionales porque recala en intereses particulares y, por lo tanto, crea y recrea la polarización. De ella se nutre tanto en Estados Unidos como en otros países la consigna de ningunear al otro, al que piensa distinto, como si se tratara de una de vikingos que se matan entre sí para imponer su poder. Una estrategia peligrosa que, como ocurrió el 6 de enero, puede derrapar en la curva de la locura declarada en el Capitolio.

“¿Se puede confiar en el Estados Unidos de Biden?”, se pregunta Joseph Nye, profesor de la Universidad de Harvard. Evalúa: “Trump eligió definiciones transaccionales estrechas y, según su ex asesor de seguridad nacional John Bolton, a veces confundía el interés nacional con sus intereses personales, políticos y financieros. Por el contrario, muchos presidentes desde Harry Truman en general adoptaron una visión amplia del interés nacional y no lo confundieron con el propio. Truman consideraba que ayudar a los demás era un interés nacional de Estados Unidos, y hasta se negó a poner su nombre en el Plan Marshall para asistir en la reconstrucción de posguerra en Europa” con su “desdén por las alianzas y el multilateralismo”.

El juego de patriotas de Trump, reflejo del populismo contemporáneo, combina con astucia la sospecha de un fraude electoral, como ocurrió en 2016 a pesar de haberle ganado a Hillary Clinton, con la amenaza de un establishment al cual paradójicamente pertenece. La demagogia, “forma corrupta y degenerada de la democracia” a los ojos de Aristóteles en el siglo IV antes de Cristo, recaló en un país cuyos pesos y contrapesos, bases del equilibrio y la separación de poderes, resultaron insuficientes para frenar a la ola de forajidos que animó el primer presidente en la historia en ser sometido a dos juicios políticos.

Trump obtuvo 74.223.251 votos en las presidenciales. Casi la mitad de los inscriptos, el 46,91 por ciento, respaldó su reelección. Ningún líder populista tendría éxito, por carismático y hábil que sea, si no hubiera una parte de la sociedad y de su partido dispuesta a creerle. No necesariamente guiados por la devoción, sino por la tirria, unos, y por la conveniencia, los otros. Ni el vicepresidente Mike Pence ni el líder de los senadores republicanos, Mitch McConnell, ni los diez representantes disidentes que aprobaron el impeachment sacaron patente de héroes por haber rechazado a último momento la pretensión de Trump de no convalidar la certificación de la victoria de Biden después de haber validado sus arrebatos durante cuatro años.

“La posverdad es prefascismo, y Trump ha sido nuestro presidente de la posverdad”, dice Timothy Snyder, profesor de historia en la Universidad de Yale. Y explica: “Cuando renunciamos a la verdad, concedemos el poder a aquellos con la riqueza y el carisma para crear un espectáculo en su lugar. Sin un acuerdo sobre algunos hechos básicos, los ciudadanos no pueden formar una sociedad civil que les permita defenderse. Si perdemos las instituciones que producen hechos que nos conciernen, entonces tendemos a revolcarnos en abstracciones y ficciones atractivas. La verdad se defiende particularmente mal cuando no queda mucho de ella”.

Lejos se encuentra Estados Unidos de convalidar un conato de golpe de Estado en su territorio, más allá de haberlos apoyado en el exterior. En 1898, una turba de supremacistas blancos llamada Red Shirts (Camisas rojas) invadió Wilmington, Carolina del Norte; derrocó al gobierno estatal electo, y despojó a los negros de sus derechos civiles. Fue el único hecho de esa magnitud en la historia, documenta la BBC, tras el final de la Guerra Civil, el 9 de abril de 1865. Seis días después iba a ser asesinado el presidente Abraham Lincoln, padre de un partido, el republicano, que favorecía la integración racial. Los demócratas respaldaban la segregación.

Trump quiso verse reflejado en el espejo de Lincoln, pero invirtió los papeles. La mentira dura más que el mentiroso, mártir en jefe a plazo fijo cuyos fanáticos sueñan con reponerlo en la Casa Blanca. Nada nuevo en una “república bananera”, como interpretó el expresidente George W. Bush el asalto al Congreso. En repúblicas de ese tipo, las bananeras, los líderes insisten en legitimar reelecciones indefinidas, naturalizar la corrupción y evadir impuestos mientras gozan del privilegio de enriquecerse y permitir que los suyos se enriquezcan durante sus gobiernos. La legión de vándalos sin fronteras convalida ese derecho sin preguntarse nada. Ni preguntarles nada.

Jorge Elías

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Escrito por

Jorge Elías

Conductor y columnista de Radio Continental y de la Televisión Pública Argentina. Dirige el portal de información y análisis internacional El Ínterin. Escribió, entre otros libros, “El poder en el bolsillo, intimidades y manías de los que gobiernan” y “Maten al cartero, posdata del asedio a la prensa durante las dictaduras militares del Cono Sur”. Es miembro del Instituto de Política Internacional de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, de Argentina, y consultor del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI).

Sobre el Blog Cada día hay en el mundo tantos divorcios como bodas. O, acaso, más divorcios que bodas. Algo parecido ocurre en las relaciones internacionales, signadas por amores y desamores tan sólidos como el viento. Paso a contártelos en este espacio.

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