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De aquí a la eternidad

Trump se jacta de haber superado en tiempo récord el COVID-19, como si la eternidad, no sólo en el poder, fuera uno de sus atributos

Trump: "Me siento mejor que hace 20 años"

Jeanne Louise Calment nació el 21 de febrero de 1875 y falleció el 4 de agosto de 1997 en Arlés, Francia. Vivió 122 años y 164 días. Una eternidad. Pudo ser la persona más longeva de la historia, estima Paul Palmqvist Barrena, catedrático de Paleontología de la Universidad de Málaga. “Una cosa es cuántos años vayamos a vivir y otra bien distinta cuántos habrá valido la pena vivirlos”, plantea en el artículo ¿Estamos en camino de alcanzar la inmortalidad? Como cantaba Georges Brassens, “el tiempo no tiene nada que ver con este asunto”. No tiene nada que ver, pero influye.

Cuando Donald Trump dio positivo en COVID-19, la primera alarma provino de su edad, 74 años, más allá del sobrepeso y del colesterol. Está en edad de riesgo, como su rival demócrata, Joe Biden, de 77 años, o el precandidato del mismo partido Bernie Sanders, de 79. Lejos de cualquiera de ellos queda la posibilidad de ser inmunes al coronavirus o de superarlo en tres días, como se jacta Trump, a cara descubierta al estilo Jair Bolsonaro, después de haber recibido un cóctel experimental de anticuerpos, vitamina D, zinc, melatonina, aspirina y famotidina (antiácido).

La obsesión en negar el peligro de la enfermedad que mató a más de 210.000 personas y contrajeron más de siete millones sólo en Estados Unidos, incluida su mujer, Melania, roza el cinismo. ¿Quién tiene un médico al pie de la cama, una suite en un hospital militar, una camioneta para darse un baño de masas, un helicóptero para regresar a casa y un ejército de redactores de Twitter capaz de ofender a los familiares de aquellos que perecieron solos alrededor de una legión de médicos y enfermeros con trajes de astronautas? ¿Los otros positivos de la Casa Blanca, que no son pocos, deberían sentirse orgullosos de su lealtad?

El apuro por remontar la cuesta en los sondeos previos a las presidenciales del 3 de noviembre, favorables a Biden, lleva a Trump a desdeñar el sentido común. En el ala oeste de la Casa Blanca, usualmente abarrotada y poco ventilada, se burlaba de aquellos que usaban mascarillas. Inclusive de funcionarios de alto rango, como Matthew Pottinger, asesor adjunto de seguridad nacional, revela The New York Times. La mera comparación del COVID-19 con la gripe, también al estilo Bolsonaro, resultó censurada por Twitter por tratarse de una falta de respeto. Fake news (noticias falsas).

Quizá Trump viva tanto como la francesa Calment o más, pero nadie garantiza la inmunidad de quienes están cerca de él. Kayleigh McEnany, vocera de la Casa Blanca, nunca usaba mascarilla en presencia de su jefe. También dio positivo, así como varios de sus colaboradores. Y así sucesivamente. Algunos periodistas se vieron forzados a quitarse las mascarillas en ruedas de prensa y en entrevistas con funcionarios. A Biden pretendió ridiculizarlo durante el debate por tomar las precauciones del caso.

¿Pudo Trump reponerse en un santiamén, como asegura su médico personal, Sean Conley, teniente coronel de la Marina? Trump no es sólo su paciente, sino también el comandante en jefe de las fuerzas armadas. De desobedecer sus órdenes, Conley corre el riesgo de cometer uno de los delitos más graves entre los militares. El delito de insubordinación. De no ser cierto que Trump esté curado como alardeó subiendo las escaleras y haciendo la venia desde un balcón de la Casa Blanca, Conley pone en riesgo su carrera y su prestigio. No sólo por haber creado confusión.

Otros presidentes, documenta The Washington Post, contaron con la complicidad de sus médicos. Abraham Lincoln (1861-1865) calló sobre la viruela, Grover Cleveland (1885-1889 y 1893-1897) mantuvo en secreto una cirugía de cáncer, Woodrow Wilson (1913-1921) ocultó un derrame cerebral, Warren Harding (1921-1923) jamás reveló sus problemas cardíacos y Franklin Delano Roosevelt (1933-1945) disimulaba la parálisis que le impedía caminar como consecuencia de la polio. En el caso de Trump, la insistencia en reanudar sus actividades a pesar de padecer una enfermedad contagiosa y volátil agrava la situación.

La línea de sucesión de Estados Unidos acumula añares. El vicepresidente, Mike Pence, tiene 61 años. Le sigue la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, demócrata, de 80. Debajo de ella, los dos principales demócratas en ese ámbito son Steny Hoyer, de 81, y Jim Clyburn, de 80. Del otro lado, el líder de la mayoría republicana, Mitch McConnell, tiene 78 años. El presidente pro tempore del Senado, Chuck Grassley, republicano, cumplió 87.

La suma de todas las edades supera la de la Constitución, redactada hace 233 años. “Me siento mejor que hace 20 años”, tuiteó Trump después de recibir el alta. En su momento, Trump quiso comprar Groenlandia. En la isla más grande del mundo, territorio del reino de  Dinamarca, habita la ballena más longeva, Balaena mysticetus. ¿Su secreto? “Muestra diversas adaptaciones para evitar las enfermedades asociadas a la edad avanzada, como el cáncer”, explica el profesor Palmqvist Barrena. Vive algo así como 211 años. Una eternidad no alcanzada por nosotros ni por Trump. Aún.

Jorge Elías

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Escrito por

Jorge Elías

Conductor y columnista de Radio Continental y de la Televisión Pública Argentina. Dirige el portal de información y análisis internacional El Ínterin. Escribió, entre otros libros, “El poder en el bolsillo, intimidades y manías de los que gobiernan” y “Maten al cartero, posdata del asedio a la prensa durante las dictaduras militares del Cono Sur”. Es miembro del Instituto de Política Internacional de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, de Argentina, y consultor del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI).

Sobre el Blog Cada día hay en el mundo tantos divorcios como bodas. O, acaso, más divorcios que bodas. Algo parecido ocurre en las relaciones internacionales, signadas por amores y desamores tan sólidos como el viento. Paso a contártelos en este espacio.

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