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Cuando Bush daba la hora

Bush usaba la misma marca de reloj que su antecesor, Bill Clinton, y que el autor de la voladura de las Torres Gemelas, Osama bin Laden

Bush en Albania: la estatua sin reloj

A mediados de 2007, George W. Bush sufrió un percance en la ciudad de Fushe Kruje, Albania. Comenzó a estrechar manos con el reloj puesto y terminó de hacerlo sin él. ¿Se lo habían robado? “Lo encontró uno de sus guardaespaldas y se lo entregó a su mujer”, repuso el gobierno albanés, alérgico al escándalo. Antes de partir, desde la puerta del Air Force One, el presidente de Estados Unidos saludó con el brazo izquierdo en alto. Dejó a la vista la correa de cuero negra de su Timex. La misma marca que usaba Osama bin Laden.

Sospechas y suspicacias al margen, el gobierno albanés suspiró con alivio en aquella ocasión. Iba ser embarazoso que Bush perdiera en su país el reloj, un modelo barato, y que sospechara que Bin Laden estuviera detrás del posible robo para tener uno de repuesto. Cuatro años después, Fushe Kruje erigió una estatua de tres metros de altura en honor a su héroe (Bush, no Bin Laden). Bush saluda con el brazo izquierdo en alto, como en su única visita como presidente, en la plaza central. El detalle: no lleva el reloj.

Quizás haya sido un descuido o, acaso, la confirmación del robo y su inmediato reemplazo para evitarles problemas a los esmerados anfitriones. A la inauguración de la estatua asistieron la panadera de Fushe Kruje, Klarita Topi, y la modista, Luiza Mukaj, así como un peluquero, un pastor y una gitana que, en aquella visita histórica, compartieron un café con él y su mujer, Laura, en el bar de Festim Cela. La mesa y las sillas que ocuparon son ahora “objetos de culto”. El bar de la ciudad, de 12.000 habitantes, pasó a llamarse George W. Bush, al igual que la plaza donde la estatua descansa sobre un pedestal de cemento.

El gobierno albanés no ha dejado de agradecerle a Bush su apoyo a la independencia de Kosovo, de mayoría albanesa, y el ingreso del país en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Ha de ser emocionante para un presidente norteamericano ser inmortalizado en Albania. En la película Wag the dog! (Mentiras que matan) es el escenario de una guerra ficticia para desviar la atención sobre los abusos sexuales de un presidente también ficticio con una menor a pocos días de las elecciones de Estados Unidos. Pura coincidencia. Desafortunada, en su caso.

En el Salón Roosevelt, de la Casa Blanca, le pregunté a Bush si usaba si usaba reloj de pulsera.

–Sí –respondió de pie y extendió el brazo izquierdo–. Timex, pero se supone que no debo hacer publicidad de ningún producto.

El Timex de Bush, modelo Indiglo, con correa de cuero negra, lucía la bandera de Estados Unidos en el centro de la esfera blanca y el nombre George y la inicial W.

–Jorge W. –tradujo, mientras me lo enseñaba.

Como somos tocayos, me preguntó:

–¿Cuál es tu segundo nombre?

Sólo asintió, quizá más desalentado que yo, cuando le dije que mis padres habían tenido el dudoso buen gusto de ponerme Adrián.

Lo cuento en el libro El poder en el bolsillo. Costaba 50 dólares ese Timex. El de Bush. Nada en comparación con el Patek Philippe del rey de Marruecos, Mohamed VI (1.200.000) o el Constantin Vacheron de Silvio Berlusconi (540.000). Ninguno, que yo sepa, resultó ser tan chocante como el rojo chillón Toy Watch del presidente de Chile, Sebastián Piñera, “el reloj de la suerte”. Menos suerte tuvo Luis Alberto Lacalle, expresidente de Uruguay. En 1997, durante una disertación en el Senado de Paraguay, dejó sobre el atril un Rolex de oro, legado de su abuelo. Desapareció en medio de los aplausos y de los saludos.

El reverso del modesto Timex de Bush tenía un grabado: “George W. Bush, President, January 20, 2001”. Ese día, el 20 de enero de 2001, asumió la presidencia después de las elecciones más amañadas de la historia de Estados Unidos. Tras los atentados terroristas de septiembre, Bin Laden se adjudicó la autoría en el canal qatarí Al-Jazeera. Llevaba una camisa de fajina del ejército norteamericano. Sostenía el micrófono con la mano derecha. En su muñeca brillaba al sol, en medio de una geografía árida de tonalidad afgana, la esfera negra de su Timex Ironman Triatlón. Era el modelo que usaba Bill Clinton cuando era presidente.

Jorge Elías

Twitter: @JorgeEliasInter | @Elinterin
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Escrito por

Jorge Elías

Conductor y columnista de Radio Continental y de la Televisión Pública Argentina. Dirige el portal de información y análisis internacional El Ínterin. Escribió, entre otros libros, “El poder en el bolsillo, intimidades y manías de los que gobiernan” y “Maten al cartero, posdata del asedio a la prensa durante las dictaduras militares del Cono Sur”. Es miembro del Instituto de Política Internacional de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, de Argentina, y consultor del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI).

Sobre el Blog Cada día hay en el mundo tantos divorcios como bodas. O, acaso, más divorcios que bodas. Algo parecido ocurre en las relaciones internacionales, signadas por amores y desamores tan sólidos como el viento. Paso a contártelos en este espacio.

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