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Se develó el misterio: el futbolista que come mucho tiene la madre chef

El “ogro” Fabbiani- el del sobrepeso que alarma al Dr. Cormillot- dice que engordó por culpa de la madre. Que todo lo que está ahí bajo la camiseta, en el depósito gastrointestinal, es resultado de darle el gusto a la degustación casera de hijo mimado.

Todas las madres de antes eran chef. Aunque en otros tiempos no se usaba decir chef sino cocinera. Las madres preparaban las mejores papas fritas, las mejores milanesas y los mejores pucheros, albóndigas y torta pascualina. Las más especialistas se atrevían al vittel thoné y al peceto mechado. Y después venían el flan, el arroz con leche o el biscochuelo. Doña Dominga, la madre del boxeador Bonavena, le preparaba los domingos los ravioles al tuco. Y Ringo el día del pesaje sabía que de los cien kilos que marcaba la balanza, seis eran de los ravioles. Cuando había alguna madre que carecía de dotes de cocina no importaba, porque los hijos en el recuerdo la subliman como si fuera Doña Petrona. No hay esposa ni amante que superen a la madre en la cocina. Para que el hijo ose decir que es mejor cocinera la esposa, tiene que mentir y pedirle perdón a la madre. Entonces entre los dos se hacen cómplices para no desalentar a la intrusa que no sabe hacer ni un huevo frito y ni siquiera lava los platos.

El “ogro” Fabbiani- el del sobrepeso que alarma al Dr. Cormillot- dice que engordó por culpa de la madre.

Que todo lo que está ahí bajo la camiseta, en el depósito gastrointestinal, es resultado de darle el gusto a la degustación casera de hijo mimado.

La señora es chef y se luce dándole al hijo más comida rica que la que a Fabbiani nunca le darían en la vida todas las botineras juntas. Porque las botineras comen lechuguita, o no comen, para que futbolistas como el “ogro” caigan en sus redes de gimnasio y ayuno. Y ellas no cocinan: piden delivery al dietista y verduritas a la granja ecológica, y toman agua mineral con hebras de eneldo sin sal y sin nada. Si a pesar de eso hacen el amor “bien” es un milagro de la libido. Pero la madre del “ogro” le cocina y seguramente le acaricia la nuca mientas el bebé de un metro noventa, y de ciento dos kilos de masa cárnica, come y come e inflado de comida y de amor va y le dice a los periodistas:

“ estuve sin jugar varios meses y encima mi mamá es chef”. Dice “mamá”. No madre. Mamá. Habría que oírlo modular mimosamente las “eme” con la ternura de un cachorro. Aunque después en la cancha Fabbiani sea una aplanadora y deje a los defensores petisos rogando que los pongan a marcar a Buonanote y no al “ogro”. Viva por el gordo “mamero”. Viva por la mamá chef. No hay guía Michelin que logre señalar la casa de la señora Fabbiani mejor que el deseo del hijo cuando tiene hambre. Ni hay restó de Puerto Madero que valga lo que vale la mesa de esa casa materna. Que el “Ogro” adelgace. Cuando deje el fútbol ya tendrá tiempo de volver a ser el hijo “gordito” mimado por la mamá chef. Porque el Edipo de la mitología se supera, pero el Edipo gastronómico es imbatible.

Escrito por Orlando Barone es escritor y periodista. Trabaja en el diario La Nación y en la revista Debate, así como en La Mañana de Continental. Fue el gestor del mítico libro de diálogos entre Jorge Luis Borges y Ernesto Sabato, y publicó recientemente “Imperdonables”, una compilación de notas publicadas en diversos medios, entre ellos Continental.
Sobre el Blog Con su Carta Abierta, Orlando Barone abandona las formalidades del lenguaje periodístico y mira la realidad desde otro lugar, con el tono más apasionado de un ciudadano y el más elaborado de un escritor.

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