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Marche otro plato político

El llamado tutti fruti se destaca por tener gusto a fruta aunque sin saberse de cuál fruta se trata. Puede tener naranja, pera, manzana, mburucuyá, nísperos, sandía pasada y uva chinche batidas a la marchanta. Y lo que sale, sale. Pero el concepto tutti fruti ya no es exclusivo de los postres y helados. Por extensión nombra a cualquier desorden de cosas o cachivaches.

El llamado tutti fruti se destaca por tener gusto a fruta aunque sin saberse de cuál fruta se trata. Puede tener naranja, pera, manzana, mburucuyá, nísperos, sandía pasada y uva chinche batidas a la marchanta. Y lo que sale, sale. Pero el concepto tutti fruti ya no es exclusivo de los postres y helados. Por extensión nombra a cualquier desorden de cosas o cachivaches. Esto es lo que hoy fructifica en la política argentina. El amasijo de razas ideológicas y éticas, y de nostalgias partidarias subdivididas en lotecitos. Un revoltijo político intercambia la sexualidad del mosquito y la foca, la de la rinoceronta y el burro, la de la comadreja y el gorila, y la del batracio y la ameba. La de la virgen y el cafisho. Hembra, macho, polisexual y hermafrodita; mamífero, herbívoro y omnívoro; terrestre, alado y acuático; o subterráneo. Y todo junto y entremezclado. La tendencia es impúdica: traicionar los maridajes a cama descubierta. Para que eso sea aceptado con naturalidad, la sociedad tiene que haberse convertido en un “popurrí” de deseos contradictorios y de libido implosionada, embarulladas en el interior del sujeto político. En un mismo individuo hay impredecibles dosis de sustancias ideológicas que no cuajan. Hay puteadas a derecha e izquierda, al centro, hacia arriba y hacia abajo con fervor desorientado. Regurgita un estado de ánimo pre –revolucionario. Pero ya no excitado por la utopía de ningún hombre nuevo. Sino para sublevarse por el aumento de la factura de gas o de la prepaga.

O por apurar un linchamiento barrial cuando la sangre del crimen aún no se ha secado. Una sobremesa argentina con varios interlocutores liberados por el clericó es la confirmación de ese magma. Y a diferencia de la moderna cocina fusión, que amalgama en armonía de sabores y estéticas, las influencias gastronómicas históricas de variados orígenes; la política fusión argentina es un guisado heterogéneo. Y cuyos elementos incompactables e incompatibles son forzados a cocinarse dentro de una olla. No hay chef político que sepa qué saldrá de esa olla una vez que el contenido es pasado por la cocción y revuelto. Porque esos chef tan insensatos e inconscientes como nosotros siguen echándole cosas al guiso, sin saber bien qué están cocinando. Por eso los comensales se relamen atándose la servilleta al cuello y con la sobreactuada expectativa de que lo que va a salir de ahí será un bocato di cardinali. Y mejor que la comida actualmente instalada, a la que muchos rechazan por abuso de picante y herir el gusto refinado. Y por demasiado repetida en la carta. El estilo gaucho insatisfecho, el urbano impaciente, el republicano escandinavo, el ético penitente, el tradicional atávico, el poligámico hipócrita y el angurriento financiero confluyen en ese caldero. Que salga lo que saliere. ¡Pero por el amor de Dios! Que no nos vuelva a salir el tutti fruti ni el guiso de la década pasada.

Escrito por Orlando Barone es escritor y periodista. Trabaja en el diario La Nación y en la revista Debate, así como en La Mañana de Continental. Fue el gestor del mítico libro de diálogos entre Jorge Luis Borges y Ernesto Sabato, y publicó recientemente “Imperdonables”, una compilación de notas publicadas en diversos medios, entre ellos Continental.
Sobre el Blog Con su Carta Abierta, Orlando Barone abandona las formalidades del lenguaje periodístico y mira la realidad desde otro lugar, con el tono más apasionado de un ciudadano y el más elaborado de un escritor.

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