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Campeones

Sábados de 14 a 18 y Domingos de 7.30 a 14.


Una Alicia maravillosa

Una versión suprema de uno de los clásicos más clásicos.

Una Alicia maravillosa
Por Lorena Di Geso


Una de las cosas más interesantes de las vacaciones de invierno es deleitarse con la enorme variedad de espectáculos artísticos dedicados a los más pequeñitos. Es que, desde nuestra perspectiva de adultos, resulta curioso entender cómo se puede ser lo suficientemente creativo como para mantener inmóviles a los chicos durante, al menos, unos 40 o 50 minutos. Algo así sucedió días atrás en el Teatro Colón.

En una versión suprema de uno de los clásicos más clásicos, Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, el coreógrafo Alejandro Cervera dibujó sobre el escenario las formas más impensadas con el Ballet Estable del Gran Coliseo, en un mix perfecto de diseños de coloridos trajes, y sonidos de todos los rincones que excedían lo que se considera tradicional para semejante montaje.

Con seleccionados textos de la obra original que escribiera Lewis Carrol -una suerte de trilogía de cuentos devenida en una única pieza- esta muestra se llevó todos los laureles.

Los sueños de Alicia son minuciosamente contados por un relator más que apropiado: el magnífico Roberto Carnaghi. Detrás de su voz, se desarrolla una obra de calidad y extrema dedicación.

Entre tantos bailarines, se destaca el gran compañero de Alicia, el Conejo. Mientras tanto, el despliegue escénico de volteretas y colores sobre un escenario ‘jardín’ conmueve las miradas de los más niños y también de los que ya no lo son.

El tiempo resulta un eje central en este cuento danzante –por propia iniciativa de Cervera- y sobre él se despliega un vestuario perfecto; glamur y tutú en su justa medida.

En el papel protagónico de la jovencilla, una correcta bailarina se desplaza por el escenario, prolija y juguetona. Sin embargo, podría considerarse un papel que no se destaca ni brilla tanto como otros varios bailarines que la merodean.

Es bastante singular la idea de que varios personajes femeninos -de peso en la historia- sean interpretados por hombres, como en el caso de la reina, que desvela y acecha los dulces sueños de Alicia.

La sorpresa de uno de los actos fue un dejo de tango y flamenco, representados por bailarines que regodean ambas danzas sin que el baile se concrete en su especificidad. Y, claro está, la ductilidad de su cuerpo les permite a estos ‘gimnastas’ la gracia del movimiento, más allá de la melodía que suene por aquel instante…

La obra se bebe de un solo sorbo, de principio a fin, y su armonía le ofrece al espectador mucho más que una frutilla a la hora del postre. Es un encanto.