En un pueblo de Extremadura, en España, de apenas 600 habitantes, cerca de Portugal, la economía gira alrededor del arroz. Imposible cultivarlo sin agua. La sequía acecha por tercer año consecutivo, el peor desde que comenzaron los registros en 1964. Raúl e Inés, matrimonio de mediana edad, me dicen que procuran sobrellevar la falta de lluvias con los olivos y otras plantaciones. Trabajan la tierra de la mañana a la noche sin respiro. Suplican por un milagro que espante la secuela más alarmante de un sol que raja la tierra: los robos en el campo de sus propios vecinos.

Esta es una realidad que no pudo atenuar la cumbre del clima COP27, realizada en Sharm el Sheij, Egipto, con los bemoles de un fondo común para los daños y las pérdidas. Las naciones ricas que emiten más gases de efecto invernadero deberían aportar recursos para costear los quebrantos de los países más vulnerables y menos desarrollados. La Unión Europea y Estados Unidos se mostraron dispuestos a aportar lo suyo, pero existe un problema: China, considerado un país en desarrollo por la ONU a pesar de ser una potencia mundial, es uno de los países más contaminantes del planeta.

El fondo en cuestión, del cual participan el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, resulta ser un resarcimiento después de la catástrofe. Algo así como permitir que se queme una casa y, después, pagar la reconstrucción. ¿Le sirven a Raúl e Inés? Una sequía como la de este verano en el hemisferio norte puede registrarse una vez cada 20 años, según la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA). La combinación de olas de calor con el envejecimiento de la población y el aumento de la urbanización hace que los europeos sean más sensibles a las altas temperaturas, especialmente en el sur del continente.

En un mundo de 8.000 millones de habitantes, entre 3.300 y 3.600 millones de personas viven en contextos endebles frente al cambio climático. De continuar este ritmo, unos 90.000 europeos podrían morir cada año a causa de las olas de calor hasta finales de siglo. Unos 15.000 fallecimientos podrían estar relacionados con las altas temperaturas en Europa, donde el termómetro subió más del doble del promedio mundial en los últimos 30 años, dice la oficina europea de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Algunos mosquitos, vectores de la malaria y el dengue, viven más tiempo, y proliferan las bacterias en el agua.

En Barcelona y parte del noreste de España, así como en Sevilla, están aplicando restricciones al consumo de agua como paliativo frente a la sequía. Las medidas incluyen reducciones al agua para riego de cosechas y la industria. En las ciudades se prohíbe usar agua potable para lavar el exterior de las casas y los vehículos. Unos 500 municipios deben dejar de llenar las fuentes públicas y de limpiar las calles con agua potable. El cambio climático redujo los embalses, con la consecuente disminución en la generación de energía eléctrica, y dañó la agricultura y el ambiente.

Cara y cruz con las inundaciones en Pakistán y Nigeria. El planeta se encamina hacia un aumento de la temperatura media de aproximadamente 2,5 grados para finales de siglo. Eso, presagian, puede multiplicar la intensidad y la frecuencia de los fenómenos climáticos extremos que solo en Europa causaron en 2021 pérdidas de más de 51.400 millones de dólares. No es todo. El 15 por ciento de las centrales nucleares y un tercio de las térmicas que precisan agua para refrigerarse están en zonas que sufren estrés hídrico, situación agravada por la pandemia, antes, y por la guerra en Ucrania, después. Y, antes y después, por la desidia a pesar del incendio.