En noviembre de 1972, hace ya cuatro décadas, las bateas recibieron “Vida”, el álbum estreno del dúo Sui Generis, portador de himnos de la música popular argentina como “Canción para mi muerte”, “Necesito” o “Cuando comenzamos a nacer”.

Esas canciones se convirtieron en foto de una época pero también en una síntesis posible para un abordaje estético rebelde, soñador, romántico e inconforme que ha logrado trascender las épocas.

Con este primer repertorio como bandera, en septiembre de 1975 y para despedir a Sui Generis en el Luna Park, una multitud demostró que el movimiento rockero argentino dejaba las márgenes para mostrar una popularidad que exigía su institucionalización por primera vez desde el efímero suceso que significó "La balsa", aunque el rock recién alcanzó la masividad como fenómeno (o al menos la visibilización mediática) desde 1982, tras la guerra de Malvinas.

Seguramente ni el olfato del productor Jorge Alvarez ni el creciente interés del público local por descubrir los primeros pasos del rock local, pudieron siquiera sospechar que ese disco marcaría el inicio de un grupo esencial del movimiento y el gesto inaugural en la obra prolífica y genial de Charly García.

Sin el bigote bicolor que luego lo caracterizaría y acompañado por la voz de Nito Mestre, García mostró en esas primeras 11 canciones publicadas parte del lirismo, la gracia y el don musical que desplegaría desde entonces en diversos formatos.

Grabado entre agosto y octubre de 1972 en los Estudios Phonalex, la placa, que no disimuló algunos problemas técnicos de realización y sonido, permitió que la travesura de un par de muchachos que se conocieron en colegios secundarios del barrio porteño de Caballito, llegara a su primera obra.
Charly ejecutó piano, órgano y guitarra acústica, además de cantar, mientras que Nito puso su característica y privilegiada voz, además de pulsar la guitarra acústica y ejecutar la flauta travesera.

El binomio (que, paradójicamente, había sido pensado inicialmente como una banda de rock progresivo, pero se había ido quedando sin músicos, con lo que, al llegar el momento de la grabación, se volcó al estilo acústico e introvertido de "Vida" y su magnífico sucesor, "Confesiones de invierno"), completó su austera pero precisa sonoridad con el violín de Jorge Pinchevsky, la guitarra eléctrica y la armónica de Claudio Gabis, el bajo de Alejandro Medina y la batería de Francisco Pratti, muchos de ellos integrantes de La Pesada del Rock, la primera "megabanda" de la historia del rock argentino, que fogoneaba también Álvarez.

En esas mismas sesiones los músicos registraron canciones que no fueron parte de “Vida” pero que sí se incluyeron en otros discos de Sui, tales los casos de "Un hada, un cisne" para “Confesiones de invierno” (1973) y "Pequeñas delicias de la vida conyugal" para “Pequeñas anécdotas sobre las instituciones” (1974).

El cancionero de “Vida”, fuertemente influenciado por los aires del folk norteamericano y la sombra de Bob Dylan, se abrió con “Canción para mi muerte”, una tristísima y críptica balada de amores, decepciones y ausencias que recuerda que “hubo un tiempo que fue hermoso”, y que Charly escribió deprimido en el hospital del cuartel militar donde cumplía la conscripción, de la cual pronto lo echarían, en uno de los primeros capítulos de su saga indómita.  

“Necesito”, en cambio, es una pieza fresca y romántica capaz de saludar la impostura hippie en busca de una chica a la que “no le importe mi ropa\si total me voy a desvestir” que se liga al simpático y celebratorio “Quizás porque”, el noveno track del álbum.

Los temas 3 y 10 de la lista, “Dime quién me lo robó” y “Cuando comenzamos a nacer”, operan como dos singulares alegatos contra las imposiciones sociales y el peso de la autoridad, además del hastío previo de quien ve que el único camino permitido a un joven de la época era "entrar en la horma" casándose y formando una familia, aunque todo se fuera convirtiendo en una farsa.

En “Estación” hay otro guiño rítmico, ligero y amable con aroma de mujer, que contrasta con el oscuro “Toma dos blues” y con la cruda ironía de “Natalio Ruiz, el hombrecito del sombrero gris”, casi un paradigma de todo aquello en lo que no querían convertirse.

El cuento sobre un amor inconveniente y, otra vez, la hipocresía mundana, asoman en “Mariel y el Capitán”, mientras que el ruego de “Amigo vuelve a casa pronto” parece remitir a la efervescencia política de un país surcado por golpes militares y prohibiciones, ya que pide “cuéntame todo, cambiame todo\necesito hoy tu resurrección, tu liberación\tu revolución”.

El remate de la placa es el instrumental “Posludio” que no solamente exhibe el virtuosismo de García, sino también los apuntes de una búsqueda musical diferente que, a la postre, sería la que terminaría con la arrolladora simpleza de Sui Generis en el legendario "Pequeñas anécdotas sobre las instituciones", en el que finalmente el dúo plasmó el sonido progresivo ideado durante su adolescencia, con varias canciones prohibidas y otras que entraron a último momento, como "Tango en segunda", donde Charly, hastiado del mentor Jorge Álvarez, musita "a mí no me gusta tu cara y no me gusta tu olor. Haré tres, cuatro mamarrachos con los que yo estoy mejor".