El Superclásico tuvo polémica y una acción evidentemente determinante. La expulsión de Marcos Rojo, quien fue mal echado por doble amarilla, una que no fue siquiera falta y la otra demasiado sutil para generar una expulsión, marcó el partido. Pero aún así hubo un juego y hubo mucho para analizar y todo parece concluir en lo mismo: las sentencias prematuras condenan a Boca a un loop negativo.

Cada acción de un individuo que forma parte del Xeneize, así como cada cuestión colectiva, se magnifica al punto de la sentencia absoluta y sin margen para la discusión, pero increíblemente, poco después los hechos llevan a que esa misma sentencia se revierta, con la misma contundencia inflexible.

Por ejemplo, hace varias semanas se concluye en el mundo Boca que Marcos Rojo está para representar a la Selección Argentina en el Mundial de Catar. Se desconoce el nivel de la liga argentina con respecto del mundo y se concluye, mediante otras sentencias menores, que si juega en Boca puede jugar en cualquier lado, que está a la altura de los mejores del mundo.

Con este tipo de campañas el propio club se perjudica. Se alzan enormemente las expectativas sobre un defensor que ha jugado muy poco en los últimos años y a quien le ha costado horrores poder afirmarse tras múltiples lesiones.

En este caso, contra River, cometió un error. Más allá de la polémica y de que fue mal expulsado, ya amonestado, llegó decididamente tarde y le cometió infracción a Agustín Palavecino, con el riesgo que implica, y por eso se ganó la segunda amarilla. A partir de esa acción los mismos que ya le exigían a Lionel Scaloni una convocatoria, hoy lo tratan socarronamente de Marcos “Verde”.

Rojo es un buen defensor para Boca. No es el mejor jugador del fútbol argentino, ya no parece tener un nivel comparable con Cristian Romero o Nicolás Otamendi, pero puede serle útil a su equipo. El problema es que la expectativa que se le puso a su rendimiento, notoriamente exagerada, lo condena del mismo estrepitoso modo al primer error grave.

Este mismo tipo de exageraciones que muchas veces surge de algún sector mediático pero que en muchas oportunidades se genera puertas adentro de la institución, puede trasladarse a otras situaciones. Por ejemplo, el hecho de que este era el Boca de los pibes y entre jugadores de jerarquía media y juveniles con proyección, se le daría lugar a los de inferiores. Algo que se repitió hasta el hartazgo para crear un paraguas de paciencia con los hinchas. La "MVA" ha quedado en el pasado y su integrante de mejor nivel juega en Reserva.

La paciencia se construye mediante la verdad. Todo proceso tiene sus matices y es posible que el proyecto de darle mejor lugar a los juveniles del club siga en pie. La dificultad radica en el cambio brusco de discurso: de "ahora juegan los pibes" a "vamos a apostar por la experiencia". Cualquiera de las dos posturas radicalizadas llevan a que, ante la primera derrota fuerte, se pida abiertamente por la otra opción. 

Lo mismo ocurre con el entrenador. Las exageradas críticas recaen sobre Miguel Ángel Russo. Críticas que no se hacían cuando estaba en el cargo y se hacen ahora, simplemente para intentar destacar algo que supuestamente Sebastián Battaglia cambió. Y poco cambió.

Da la sensación de que algunos subestiman a los hinchas. Incluso los más fanáticos comprenden de procesos si se les blanquea las cosas. Boca está en construcción, porque sufrió golpes y cambios fuertes. Tras una serie de derrotas dolorosas, cambió de dirigencia y cambió en varias oportunidades de entrenador. El ciclo de Battaglia es nuevo, así como también el de los dirigentes que llevan un año y medio en su cargo.

Parece haber ideas interesantes y una visión a futuro para contemplar, pero, al mismo tiempo, en el medio, la institución se pierde y persigue soluciones mágicas. Se convence, de modo contraproducente, de que aquello por lo que puja a largo plazo está ahí, cerca, a unos pocos pasos y eso que se ve cerca no es más que el sendero, por el cual debe transitar para llegar a lo que busca, pero de ninguna manera el final del camino.