Los últimos meses han sido un desastre para el magnate ruso Roman Abramovich. La invasión de su país de origen sobre Ucrania y su histórico vínculo con Vladimir Putin han mecha mella en sus negocios y su vida personal. Su club, el Chelsea, está al borde de la quiebra y él está prácticamente obligado a venderlo. 

Pero eso no es todo, entre la espada y la pared, el magnate ruso que vivía en Gran Bretaña intentó constituirse como mediador en el conflicto armado con el objetivo de quedar un poco mejor parado ante occidente en toda la compulsa. No consiguió lo que esperaba y su relación terminó rota con ambas partes.

El empresario mantuvo reuniones en Kiev con otro hombre de negocios ruso y el representante parlamentario ucraniano Rustem Umerov, el 3 de marzo. El diálogo entre ellos fue fluido, pero jamás pudo acercar las partes con el gobierno ruso.

De hecho, según informó el medio británico The Times, Abramovich regresó a Moscú y le entregó a Putin una nota escrita por el propio Volodímir Zelenski. La respuesta del mandatario ruso fue contundente: "Dile que los aplastaré".

Parece que el intento del dueño del Chelsea para acercar posiciones enojó al ala más radical del Kremlin. Tanto que, a 25 días de aquellas reuniones en Ucrania, aún presenta algunos síntomas compatibles con un intento de envenenamiento.

Hace semanas que Abramovich padece ojos rojos, lagrimeo constante y doloroso y descamación de la piel en su cara y manos. Mismo síntomas que padecen algunos representantes ucranianos que asistieron al mismo encuentro por la paz en Kiev. Ninguno corre riesgo de vida y todos han mostrado mejoras en los últimos días.