Donald Trump dice que los Estados Unidos volverán a ser un gran país. Hillary Clinton replica que nunca dejaron de serlo. Para Trump, Hillary es “la chueca”. Para Hillary, Trump es “un fraude”. Sólo uno de cada cuatro norteamericanos tiene una buena impresión de ambos candidatos. Está bien: son los pocos que votan en las presidenciales mientras corta clavos el resto de la humanidad, algo así como 7.000 millones de personas. ¿Por qué tanta expectativa? Porque, nos guste o no, el forcejeo entre la libertad y la equidad en ese país, así como el tono de la campaña, define la tendencia de la democracia en otras latitudes. En casi todas, diría yo.

La campaña quedó a trasluz en la convención republicana realizada Cleveland, Ohio, donde Trump aceptó la candidatura. “¡Que la encierren!”, clamaba la multitud, convencida de las faltas de Hillary como secretaria de Estado durante el primer período de Barack Obama en Libia, Nigeria, China, Siria, Rusia y Cuba. Más que errores, crímenes, como el ataque en 2012 contra el consulado norteamericano de Bengasi, Libia, en el que murieron el embajador Christopher Stevens y otros tres norteamericanos, y el uso de una cuenta de correo electrónico privada mientras ocupaba el cargo, sometida a una investigación judicial.

Ese es el tono de la campaña, adobado por Trump con los motes de “mentirosa”, “corrupta” y “marioneta” de los poderosos contra Hillary o de “mentiroso Ted” y de “pequeño Marco” contra los ex precandidatos presidenciales republicanos Ted Cruz y Marco Rubio o de “Pocahontas” contra la senadora demócrata Elizabeth Warren. La humillación del otro, sean inmigrantes ilegales, musulmanes, afroamericanos o minusválidos, canaliza un sentimiento popular. En su momento, Silvio Berlusconi se burló de una muchacha haciéndole una broma de mal gusto sobre los orgasmos. No sorprendió el exabrupto, sino el aplauso del público.

Lo mismo pasa con Trump, convencido de que el mundo estaría mejor si Saddam Hussein y Muamar Gadafi aún ejercieran el poder. Eran malos tipos, pero sabían asesinar terroristas, aduce. Esa suerte de rebelión contra las normas también marca la tendencia de la democracia frente a la decepción popular. Vladimir Putin blande el nacionalismo para reforzar el control de Rusia. Recep Tayip Erdogan profundizó la deriva autoritaria después del conato de golpe de Estado. En China, Xi Jimping se jacta de ser el líder más poderoso desde Mao Zedong. En Hungría, Viktor Orban se fortalece tendiendo muros frente a los refugiados.

En los Estados Unidos, como en otros países, una parte de la población se siente desencantada, frustrada, enojada. Muy enojada. Esas personas han visto declinar sus ingresos. En dos décadas, los ricos se hicieron más ricos y los pobres no levantaron cabeza. Los decepcionados son de clase media. Desde el final del segundo mandato de Bill Clinton y durante las presidencias de George W. Bush y Obama, su poder de compra cayó en forma estrepitosa a pesar de la recuperación económica tras la crisis de 2008 y de la estabilización del índice de desempleo en un cinco por ciento.

Esa legión no protesta contra un gobierno o contra un partido en particular, sino contra el sistema. Son los mismos que critican sin miramientos a Washington aduciendo que el poder concentrado en la Casa Blanca y en el Capitolio no hace más que castigarlos con impuestos y más impuestos. En estos años, los republicanos tuvieron una voz discordante: el Tea Party. No alcanzó. Surgió entonces otra voz, la de Trump, acaso más estridente por su disposición a romper con el sistema porque, como machaca, el sistema abandonó y defraudó a esa masa decepcionada.

Los varones blancos enojados, mote aplicado a la clase trabajadora blanca de los Estados Unidos en los años noventa, son los más afectados por la desigualdad y, según algunos estudios, también son los más propensos al suicido, las drogas y el alcohol. Trump simboliza el éxito, aunque no ofrezca soluciones coherentes. Su déficit, como el del ex precandidato demócrata Bernie Sanders, radica en que su diagnóstico puede ser real, sobre todo en cuanto a la codicia de Wall Street y la inequitativa distribución de la renta, pero su receta es de terror. O de ira.

La ira, retratada en la polarización, tiene dos vetas. Una, la global, guarda relación con el descontento frecuente en las democracias occidentales de personas bien formadas y mal pagadas, en su mayoría blancas y de clase media, que se sienten fuera de la globalización. Son los que votaron por el Brexit en el Reino Unido, temerosos del impacto de la inmigración. La otra veta, made in USA, tiene que ver con la elección de los candidatos por medio de primarias en las cuales pesan tanto la militancia y el dinero que los independientes no tienen posibilidad de asomarse ni en las encuestas.

Trump era independiente, pero terminó siendo republicano. Su discurso arrió tres banderas de la derecha norteamericana. En política exterior, agresiva desde la voladura de las Torres Gemelas, impuso el aislacionismo sobre la base de la construcción de un muro frente a México y el veto a la entrada de musulmanes y de ciudadanos de países afectados por el terrorismo. El usual conservadurismo social dio pie a un discurso misógino y racista que pone a la sociedad en blanco y negro. Y, a su vez, el proteccionismo impregnado de nacionalismo derrumbó al libre mercado y el comercio desregulado.

“Americanismo, no globalismo será nuestro credo”, prometió en la convención.

Amén.

Jorge Elías

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