Los “tanques” de Hollywood avanzan por las grandes avenidas del cine, anunciados con bombos y platillos, pompa y circuntancia. Mientras tanto, por las callecitas laterales vienen en puntas de pie pequeñas joyas que por su discreción promocional corren el riesgo de pasar inadvertidas. O postergadas para más adelante.

Dos películas francesas entran en esta categoría, la de las joyas. En realidad tres. La más reciente es “El Ilusionista”, una obra maestra del joven (1963) director francés Sylvain Chomet. Lo habíamos conocido en 2003 con “Las trillizas de Belleville”, un film animado de dibujo nada complaciente, diría difícil, y una historia por momentos cruel, que al avanzar se convierte en una épica que le canta al amor y a la perseverancia. (La película es más divertida de lo que esta frase sugiere.)

“El Ilusionista” se hizo sobre un guión que no alcanzó a realizar el célebre humorista francés Jacques Tati, fallecido en 1982. Su hija, entonces, después de haber visto “Las trillizas…” le ofreció este guión a Chomet. El resultado es una película exquisita, el derrotero de un artista de variedades a quien no le va muy bien con su número de magia. En el mejor estilo de Tati, la película es prácticamente muda; aun así expresa los sentimientos más complejos y sutiles, como lo hacía Tati, con sólo un mínimo gesto, una ceja alerta, un hombro abatido. “El Ilusionista” es una de esas películas que ponen en juego la capacidad del espectador para celebrar el amor y negociar con la tristeza.

La otra gran película que nos dio felicidad en este año que pasó es “El encanto del erizo”, un título, reconozco, muy poco invitante. Pero es una obra ineludible. Ya no está en cartel, pero estará para siempre (espero) en las arcas infinitas de la tecnología.

https://www.youtube.com/watch?v=jH-OehsKB44