De cotizarse más alto el rechazo que la adhesión, el candidato ultraderechista Jair Messias Bolsonaro hubiera estado cerca de ganar en la primera vuelta las presidenciales de Brasil. Tanto Bolsonaro como Fernando Haddad, designado por Lula desde la prisión como candidato por el desflecado Partido dos Trabalhadores (PT), rivales en la segunda vuelta del domingo 28, cosechan más espanto que esperanza en un país corroído por la violencia, la recesión y la corrupción. El odio radicalizó a Brasil, relegando a los candidatos moderados al papel de acompañantes o sostenes de la democracia.

Bolsonaro arrasó en la primera vuelta, acaso como Jean-Marie Le Pen en las presidenciales de Francia de 2002, recuerda Marcelo Cantelmi en Clarín. Entonces, la democracia creó anticuerpos. Terminó siendo reelegido Jacques Chirac. El presidente conservador había ganado la primera vuelta a diferencia de Haddad, casi 20 puntos por debajo de Bolsonaro. En Brasil, la fisura social, resumida en “nosotros contra ellos”, no fue inventada por Bolsonaro, sino por Lula desde el primer escándalo de corrupción que sacudió a su gobierno: el mensalão (mensualidad), traducido en la compra de votos en el Congreso para aprobar los proyectos gubernamentales.

Años y escándalos después, con la mayor recesión más feroz de la historia durante la gestión de la presidenta depuesta Dilma Rousseff como correlato del crack global de 2008, el caso Odebrecht levantó los cimientos de gobiernos de distinto tono y calado en América latina. El resultado ha sido un hastío social generalizado frente a los políticos tradicionales, incluidos el exmilitar Bolsonaro, con sus siete mandatos como diputado, aunque se muestre como un outsider (ajeno a la política), y Haddad, que dice ser Lula.

Por primera vez en Brasil hubo actos de campaña en contra de un candidato. En contra de Bolsonaro, defensor del racismo, de la homofobia, de la tortura y de la intervención militar en la vida pública. Los encabezaron mujeres, a un año del comienzo del “Me too” en Estados Unidos, con la consigna “Él no”. Por primera vez en Brasil, también, el voto femenino ha sido tan diferente del masculino que, de cada tres personas que revelaron en los sondeos que iban a votar por Bolsonaro, sólo una era mujer. Otro signo del descontento.

La democracia en América latina está afianzada, pero pierde puntos a medida que pasan los años y los daños. La confianza en la democracia cayó del 61 al 53 por ciento entre 2010 y 2017, según Latinobarómetro. Nadie cuestiona las elecciones como única vía para legitimar el poder. Devalúan la democracia los gobiernos y los legisladores que violan las leyes, avasallan la división de poderes, apuran reformas constitucionales o, como en Venezuela y en Nicaragua, reprimen a los opositores y, como en Guatemala, expulsan a un fiscal molesto designado por la ONU. Detrás de todo asoma el virus. El virus de la corrupción.

La corrupción, no atada a ideología alguna, ha dejado de ser una justificación de “roban, pero hacen”. Bolsonaro izó esa bandera para apuntalar su discurso beligerante. En la campaña corrió con la desventaja para unos y la ventaja para otros de no haber participado de los debates con los otros candidatos por el atentado con un puñal que sufrió el 6 de septiembre. Sus arengas, en medio de una ola de fake news (noticias falsas) en las redes sociales, tuvieron como destinatarios originales el PT y Lula, así como la expresidenta Rousseff.

El PT, confiado hasta último momento en la habilitación de la candidatura de Lula, no contó con un director de campaña. João Santana, su último marketeiro, está preso por cobrar en negro las campañas de Lula en 2006 y de Rousseff en 2010 y en 2014. El creador de la marca Lula en 2002, Duda Mendonça, también está en aprietos por la operación Lava Jato. Lula tomó las riendas de la campaña desde la celda de 15 metros cuadrados del cuarto piso de la Superintendencia de la Policía Federal de Curitiba. Está preso por corrupción, cargo del cual no escapará el actual presidente, Michel Temer, cuando termine su mandato.

Lula siempre quiso quedar al margen de la corrupción del PT, como si no hubiera sabido nada de los enjuagues por los cuales cayeron varios de sus ministros y los de Rousseff. Con esa percepción, así como con la bonanza económica que le tocó administrar en la era de oro de las materias primas, logró distanciarse con un sector afín de la sociedad brasileña de la corrupción galopante que arrasó con políticos y empresarios en escándalos que trascendieron fronteras.

La transferencia de votos a Haddad era su apuesta frente a un rival que obtuvo rédito de la oposición radical a la izquierda y a todo aquello que atentara contra su fe. Una fe que, invocada en el fortísimo voto evangélico y en el apoyo de la cúpula militar, mueve montañas. A última hora, para cerrarle el cerco a Lula, el juez Sérgio Moro levantó el secreto de sumario de la declaración que hizo a cambio de una rebaja de la condena António Palocci, exministro de Hacienda. El 90 por ciento de las leyes aprobadas durante los gobiernos del PT se debió a sobornos. Un mecanismo antidemocrático que ensalzó el ideario de Bolsonaro, también antidemocrático.

Jorge Elías

Twitter: @JorgeEliasInter | @Elinterin
Suscríbase a El Ínterin