“Ciudad de cristal” (Editorial Faber and Faber, 1985) no es solo una historia con infinidad de capas en su propia ficción, sino que debe su profundidad a una peculiar experiencia que tuvo su autor.

Un día el escritor recibió una llamada telefónica de un extraño, quien preguntaba por un Paul Auster detective. Dos veces se dio aquel incidente, lo que lo llevó a preguntarse qué hubiera sucedido si él hubiera adoptado esa identidad. Es esta coincidencia lo que inspiró al autor a crear a Daniel Quinn, el protagonista de la historia.

Él es un escritor que intenta desconectarse de su pasado trágico y, cuando lo llaman varias veces preguntando por el detective Paul Auster para la resolución de un caso, él toma esa identidad, dando inicio a la trama.

De esa manera empieza una intricada red de reflejos a la que se suman varios personajes, como Peter Stillman: el joven que contrata al detective Auster para que vigile a su padre (que lleva el mismo nombre) porque supone una amenaza a su vida. Para ese trabajo, Quinn se adentra en el juego de espejismos y toma varias identidades, como la de Henry Dark o la del mismo Peter Stillman hijo, en un intento por engañar a Stillman padre.

Los cambios en los narradores y los puntos de vista no solo provocan la ruptura de la barrera entre ficción y realidad, sino que trasmite la concepción que el autor tiene sobre la identidad: somos lo que nos vamos contando.

Y la literatura es algo con lo que nos podemos construir. Así se desarrolla un enredo de consonancias, incluso en la ficción dentro de la ficción. Por ejemplo, Quinn publica sus novelas bajo el seudónimo de William Wilson, y este, hay que destacar, es el nombre de un personaje de los cuentos de Edgar Allan Poe. Al mismo tiempo esta Max Work, el detective en las novelas de Quinn. Y también se presenta a otro Paul Auster, un académico que estudia la obra Don Quijote de La Mancha.

Encima de esto, se tejen otros temas, como el azar. Su influencia en la historia se evidencia cuando Quinn está en una estación de tren y ve a dos Peter Stillman. En ese momento debe decidir a cuál seguir, lo que conduce a cierto curso de la historia, y supone abandonar otro.

El lenguaje es otro tema que se debe destacar. Este se presenta, por ejemplo, en la mención del Quijote, un personaje hecho de palabras, o en los experimentos de Stillman padre, quien encerró a su hijo para ver qué lengua desarrollaba en el aislamiento.

A un ritmo progresivamente asfixiante, Auster construye un relato con pinceladas surrealistas, en el que el protagonista se desdibuja en un entorno confuso, donde se siembra la duda de quién es quién, y qué es ficción y qué realidad. Es un cuento ingenioso y desafiante en su originalidad.