Un planeta que escapaba a las técnicas convencionales de búsqueda emergió gracias al análisis minucioso de la luz que refleja y emite su atmósfera. Este candidato a exoplaneta gira en torno a KIC 9139163, una estrella pulsante parecida al Sol ubicada en la constelación de Cygnus, dentro de la zona conocida como “Desierto Neptuniano”. El término alude a regiones donde se considera casi imposible hallar planetas del tamaño de Neptuno: mundos más pequeños que Júpiter, pero considerablemente más grandes que la Tierra.
El cuerpo celeste completa una vuelta alrededor de su estrella en apenas 14 horas y lo hace a una distancia muy corta. Su masa es aproximadamente 7,3 veces la de la Tierra, mientras que su radio supera en 2,4 veces al de nuestro planeta. Debido a la inclinación de su órbita respecto de nuestra línea de visión, el objeto no transita; es decir, nunca se interpone entre nosotros y el disco estelar y, por lo tanto, no genera los pequeños eclipses que suelen emplearse para descubrir mundos alienígenas.
Para detectarlo, los investigadores examinaron las curvas de fase: las diminutas variaciones periódicas en el brillo global del sistema provocadas por el planeta mientras recorre su órbita extremadamente estrecha. A lo largo de ese trayecto, el telescopio observa progresivamente su cara diurna iluminada y, después, su cara nocturna. La gran mayoría de los planetas del universo nunca transitan frente a su estrella anfitriona desde la perspectiva de la Tierra, lo que los hace prácticamente invisibles.
Los datos obtenidos permitieron superar ese obstáculo al medir con extrema precisión cómo varía la luz reflejada por el planeta a lo largo de su órbita. Esa información también hizo posible comenzar a caracterizar su estructura y su atmósfera, y abrió una ventana crucial a poblaciones planetarias que antes resultaban casi inaccesibles. Los registros revelaron además que el objeto posee una densidad compatible con un mundo compuesto hasta en un 50% por agua en ebullición.
Su proximidad a la estrella lo somete a fuerzas de marea extremas, lo que impulsa una evolución orbital rápida e inexorable que lo condena a ser devorado. Al comparar datos históricos del telescopio espacial Kepler con nuevas observaciones de TESS realizadas con seis años de diferencia, se detectó un desfase en la modulación de la luz reflejada. Ese desplazamiento indica una atmósfera dinámica y cambiante.
