Ragnar Hagelin, el padre de Dagmar, la joven sueca desaparecida en la ESMA, mostró su satisfaccion por la resolucion del juicio, que condena a Alfredo Astiz a prision perpetua.

"El hombre que asesinó a mi hija ahora por fin rendirá cuentas" remarco Ragnar Hagelin.

Fue la mañana del 27 de enero de 1977 que la joven de 17 años Dagmar Hagelin salió de El Palomar en Buenos Aires para visitar a su amiga Norma Burgos. Lo que ella no sabía era que Burgos había sido arrestada la noche anterior y que un comando se encontraba en la casa. Nada indica que Dagmar hubiese sido activa en alguna organización de izquierdas. Pero eso importaba menos a los militares.

Cuando se abrió la puerta estaba un hombre extraño allí. Dagmar miró fijamente a sus ojos de color azul-acero y rápidamente se dio cuenta de lo que había sucedido. Las desapariciones y los asesinatos políticos se habían convertido en algo normal después del golpe unos meses antes. Así que se dio media vuelta y corrió por su vida.

- ¡Para! gritó el hombre y sacó su pistola de servicio.

El disparo sonó justo cuando Dagmar estaba a punto de dar la vuelta a una esquina de la calle. Cayó herida en el suelo. El hombre que le disparó fue identificado como Alfredo Astiz. Los militares pararon un taxi y metieron a la sueca en el maletero, mientras que ella trató de resistirse. Ellos cerraron la puerta del maletero y se alejaron.

Desde entonces está Dagmar Hagelin desaparecida. Su padre, Ragnar Hagelin rápidamente alertó a la embajada de Suecia, pero después de dos semanas de infructuosa “diplomacia silenciosa”, decidió llevar la historia a la prensa.

Esto llevó a un aumento de la presión pública, pero la junta militar negó hasta el final todo conocimiento del caso. Hoy sabemos que Dagmar Hagelin fue trasladada a la escuela de mecánica de la Armada, ESMA, el más infame de todos los centros de tortura subterráneos.

Allí fue también fue llevada la amiga Norma Burgos. Y un día se encontraron las dos amigas muy brevemente. Dagmar Hagelin estaba entonces encadenada a una cama, con una herida abierta sobre la ceja derecha. Su cabello estaba cubierto de sangre y su cara llena de moretones. Dentro en un retrete encontró Norma Burgos una blusa que había sido de Dagmar.

- Yo la guardé conmigo. Aquí está la prueba de que Dagmar estaba allí, dijo Norma Burgos cuando se reunió con Ragnar Hagelin varios años después.

Sobrevivientes de la ESMA testimonian de cómo a diario fueron golpeados con patadas y puñetazos, cómo les aplicaron descargas eléctricas, cómo fueron violadas y asaltadas de la manera más sutil.

Muertos fueron quemados en crematorios. Otros fueron inyectados con relajantes musculares y fueron montados en aviones y arrojados abajo al océano hacia una muerte segura.