El papelón de Reposo debe leerse como una severa derrota política de la presidenta de la Nación. Porque fue Cristina la que se encaprichó con su candidatura pese a que Daniel Reposo no reunía las condiciones mínimas de idoneidad e independencia para ocupar el cargo de Procurador General de la Nación. Ya se dijo que la jerarquía institucional de ese puesto es la misma de un juez de la Corte Suprema de Justicia. Y Reposo desnudó sus limitaciones frente a la sociedad.
Fue un mal estudiante que nunca hizo aunque sea un curso en materia penal para perfeccionarse y que no tuvo empacho en mentir sobre sus antecedentes. Y como si esto fuera poco, el día que tuvo que rendir examen ante el senado demostró que sigue siendo un mal alumno y que tuvo que apelar a un ex integrante del macrismo para que le soplara algunas respuestas a sus espaldas. Fue patético. Insultante para la inteligencia del ciudadano. La candidatura abortada de Reposo es un triunfo del juego de las instituciones democráticas.
Demuestra que un presidente no puede hacer cualquier cosa por más apoyo electoral legal y legítimo que tenga. Que no puede hacer lo que se le antoja, para citar al filósofo quilmeño Aníbal Fernández. Conducir un país implica, entre otras cosas tener sentido común, racionalidad y la sensibilidad suficiente como para darse cuenta de que un mamarracho no puede ser el jefe de los fiscales. Por mas leal y amigo de Amado Boudou que sea. Por más camiseta partidaria que se ponga. La democracia es un juego de equilibrios, de límites y controles para evitar el cesarismo. Por suerte no estamos en el Imperio Romano cuando el emperador Calígula designó como senador a su caballo preferido llamado Incitatus.
Las cartas de renuncia de Daniel Reposo que leyó el vocero presidencial y que escribió el jefe de gabinete, demuestran una falta absoluta de autocrítica que hace presagiar que los colaboradores de Cristina le harán cometer nuevos errores de esta envergadura. En lugar de reconocer que hubo improvisación en la elección, se insiste con el mecanismo de victimizarse y poner las culpas afuera. Según el relato oficial la culpa de lo que pasó no fue producto del apuro y la negligencia del gobierno nacional. La responsabilidad fue de Clarín, La Nación y el radicalismo que no hacen otra cosa que conspirar para mantener sus privilegios corporativos. Es una lástima que la presidenta no comprenda que reconocer un error es el primer paso para solucionarlo.
Se muestra como infalible, como la síntesis de la perfección y eso no es cierto. Es lamentable porque eso afecta su imagen positiva. A veces habla tanto que parece que no escucha. Si los ministros callan y le ocultan las cosas que pasan no hacen otra cosa que perjudicarla. La dejaron colgada del pincel, elogiando a Reposo sin saber que no le alcanzaban los votos. Con amigos así… Hay luces amarillas en la economía. Hay señales de cambio de humor en lo político. Y hay una peligrosa tendencia a escuchar solo a los chupamedias y los babosos.