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La otra cara de Facebook

Las campañas de desinformación y el robo de datos personales pretenden debilitar la confianza en las autoridades democráticas en varios países

JERUSALEN – Europa está en guardia desde 2016. O desde antes, en realidad. Las agencias de seguridad de Estados Unidos concluyeron que ese año, el de las presidenciales, Rusia ejecutó una campaña de ciberataques que terminó beneficiando a Donald Trump. ¿Estaba al tanto Vladimir Putin? Ante la duda, Holanda, Alemania y Francia procuraron curarse en salud en las elecciones de 2017. Diversas intromisiones en sus sistemas operativos guardaban semejanza con la presunta invasión rusa en las entrañas del Comité Nacional Demócrata con la intención de perjudicar a su candidata presidencial, Hillary Clinton.

La tecnología no tiene por qué vulnerar los derechos de los ciudadanos. Los más perjudicados. El agujero de seguridad de la red social Facebook, con el robo masivo de información personal con fines propagandísticos, viene a cerrar ahora un círculo que comenzó con los reclamos sobre la veracidad de las noticias que difunde. Las dudas sobre su rigor y su capacidad de proteger la intimidad de sus usuarios llevaron a varios gobiernos a exigirle mayores recaudos a su presidente, Mark Zuckerberg. Algo así como un reclamo de soberanía.

La Guerra Fría requiere misiles, pero se nutre de bits, como dicen los expertos israelíes en Be’er Sheva, la mayor incubadora mundial de ciberseguridad. Que Putin le haya hecho un favor a Trump pudo ser una respuesta al apoyo de Hillary Clinton, como secretaria de Estado de Barack Obama, a las sanciones contra Rusia por la anexión de Crimea en 2014. Mucha agua corrió bajo el puente desde 1996. Entonces, Bill Clinton, el marido de Hillary, ayudó a Boris Yeltsin a obtener un préstamo del Fondo Monetario Internacional. Gracias al préstamo, Yeltsin resultó reelegido: derrotó al candidato comunista, Gennadi Ziugánov, y selló un acuerdo con los oligarcas rusos, sostenes de Putin. Tres años después, Yeltsin nombró sucesor a Putin.

Lejos de aplacarse, la paranoia ha crecido. En principio, Cambridge Analytica, compañía de marketing que se jacta de ser capaz de “cambiar el comportamiento de la audiencia mediante el uso de datos”, obtuvo por medio de Facebook la información personal de 50 millones de usuarios sin su consentimiento. La usó en la campaña de Trump. En 2015, un grupo supuestamente vinculado con el gobierno ruso robó archivos confidenciales del Bundestag (Parlamento Federal de Alemania). Los ventiló WikiLeaks. Ese año, la Comisión Europea sufrió un ataque en gran escala. Todos los cañones apuntaron contra Moscú por el afán de controlar la información ajena.

Se trata de una maniobra que, en verdad, también utilizan Estados Unidos y varios gobiernos occidentales, favoreciendo a candidatos afines en otros países o, inclusive, participando en forma indirecta en campañas electorales. Los ciberataques rusos, sazonados con filtraciones y manipulaciones de las redes sociales, no distan mucho de las operaciones de inteligencia de otros gobiernos. La clave del poder radica en manipular la agenda del adversario con artimañas que incluyen desde la propaganda encubierta hasta las fake news (noticias falsas).

Una mañana de 2014, la del decimotercer aniversario de la voladura de las Torres Gemelas, los habitantes de un pueblo de Luisiana, Estados Unidos, donde hay plantas químicas y de procesamiento de gas natural, recibieron mensajes de texto y notificaciones sobre una poderosa explosión. En las redes sociales circulaban inquietantes fotos del desastre, así como capturas de pantalla de medios de comunicación nacionales. Un canal de noticias árabe le adjudicó el ataque al Daesh, ISIS o Estados Islámico. Era un montaje que involucraba a un sinfín de trols (usuarios que publican mensajes provocadores, irrelevantes o falsos).

La novedad puede ser la plataforma, no el contenido. Desde 2005 hubo casi 200 ciberataques con patrocinio de 18 países, de los cuales 20 ocurrieron en 2016, señala Joseph Nye, profesor de Harvard, ex subsecretario de Defensa y presidente del Consejo Nacional de Inteligencia de Estados Unidos. El aumento es proporcional al uso de internet: de 36 millones (el uno por ciento de la humanidad) en 1996 a 3.700 millones (la mitad de la humanidad) en estos días.

Los cargos por ciberataques no están claros en la Convención de Ginebra ni en el derecho internacional, admitió el secretario general de la ONU, Antonio Guterres. Desde 2014, Edward Snowden, analista de seguridad norteamericano que difundió documentos secretos de la Agencia de Seguridad Nacional, vive exiliado en Rusia bajo el cobijo de Putin. Esos documentos detallaban programas de ciberataques de Estados Unidos contra gobiernos hostiles y aliados.

No sólo priman las cuestiones políticas, sino también las económicas. Varias compañías ganaron licitaciones en el exterior gracias a las filtraciones. Durante la Primera Guerra Mundial, Alemania le permitió a Lenin arribar a Rusia, dinamitar el régimen zarista y, en medio de la revolución bolchevique, quedar fuera de la guerra. Era la pretensión alemana. El colapso del sistema soviético instaurado en 1917 no fue consecuencia de una implosión. “La libertad funciona”, dejó dicho el ex presidente norteamericano Ronald Reagan. Funciona, pero también necesita colaboradores que no siempre juegan limpio.

Publicado en Télam

Jorge Elías

Twitter: @JorgeEliasInter | @Elinterin
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Escrito por

Jorge Elías

Conductor y columnista de Radio Continental y de la Televisión Pública Argentina. Dirige el portal de información y análisis internacional El Ínterin. Escribió, entre otros libros, “El poder en el bolsillo, intimidades y manías de los que gobiernan” y “Maten al cartero, posdata del asedio a la prensa durante las dictaduras militares del Cono Sur”. Es miembro del Instituto de Política Internacional de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, de Argentina, y consultor del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI).

Sobre el Blog Cada día hay en el mundo tantos divorcios como bodas. O, acaso, más divorcios que bodas. Algo parecido ocurre en las relaciones internacionales, signadas por amores y desamores tan sólidos como el viento. Paso a contártelos en este espacio.

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