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El capricho del rey

El monarca absolutista de Suazilandia cambió en forma sorpresiva el nombre del país sudafricano para no ser confundido con Suiza

Ahora eSwatini, antes Suazilandia

De la mañana a la noche, como quien resuelve cambiarse la camisa, el monarca Msuati III decidió que su país pase a llamarse eSwatini en lugar de Suazilandia. Lo anunció en un estadio repleto de oficiales y de diplomáticos en coincidencia con el 50º aniversario de la independencia y de su propio cumpleaños, el número 50. Dos celebraciones en una con una sorpresa: “Cada vez que vamos al exterior, las personas nos llaman Suiza”, explicó, refiriéndose al parecido en inglés entre Swaziland y Switzerland. Por eso, el país africano se llama ahora eSwatini. En lengua nativa, la tierra de los suazis.

El diminuto eSwatini, protectorado británico desde 1871 hasta su independencia en 1968, comparte fronteras con Sudáfrica y Mozambique. Tiene 17.360 kilómetros cuadrados. Es la última monarquía absolutista del África subsahariana. Cada año, entre agosto y septiembre, se celebra la fiesta de la umhlanga (danza del junco): miles de doncellas bailan medio desnudas para que el abnegado monarca, padre de 24 hijos, elija una nueva reina. Msuati III tiene 15 esposas. Cada una de ellas habita una mansión y conduce un BMW.

Su padre, Sobhuza II, tuvo 125 esposas en sus 61 años de reinado. En 1973 abolió la Constitución y prohibió los partidos políticos. Mswati III, coronado en 1986 al cumplir la mayoría de edad, administra con mano de hierro uno de los países más miserables de África. Sus súbditos, 1,3 millones, sobreviven con labores agrarias. Tres de cada 10 padecen sida. El soberano, alias Ngwenyama (El León), robusteció en 2001 el umchwasho, rito que impone la castidad a las menores de 18 años. Dos meses después de dictar la ley, él mismo se desobedeció casándose con una muchacha de 17. Se impuso como multa una vaca.

Dos tercios de la población de eSwatini, antes Suazilandia, viven bajo el umbral de la pobreza. Pese a ello, las autoridades pidieron donativos como regalo de cumpleaños para Mswati III. Un monarca autoritario y extravagante, con una fortuna valuada en 200 millones de dólares. En Mbabane, la capital, hubo protestas por las paupérrimas condiciones de vida y por el derroche en los preparativos para el aniversario de la independencia, una excusa para festejar su cumpleaños. Las dispersó la policía con balas de goma. El souvenir terminó siendo el nuevo nombre del país.

Algo usual en otros confines. El Congo Belga, colonia de Bélgica desde 1908, pasó a llamarse República del Congo cuando se independizó, en 1960. Cuatro años después se llamó República Democrática del Congo para distinguirse de la vecina República del Congo Brazzaville. En 1971, Mobutu Sese Seko, otro déspota, le puso República del Zaire, derivado de la expresión kikongo nzere (el río que se traga todos los ríos, por el río Congo, que también pasó a llamarse Zaire). Derrocado el dictador, en 1997, el país recuperó el nombre de República Democrática del Congo.

Otro tanto ocurrió con Vietnam, antes de 1945 llamado en forma sucesiva Van Lang, Dai Viet y Dai Nam. O en Myanmar, Birmania antes de 1989. O en Burkina Faso (patria de los hombres íntegros), sustituto de la República de Alto Volta desde 1984. O en Zimbabue, Rodesia del Sur hasta 1965. O en la República de Benín, Reino de Dahomey hasta 1975. O en Namibia, África del Sudoeste hasta la década del sesenta. O en Vanuato, Nuevas Hébridas hasta 1980. O en Sri Lanka, antes Ceilán. O en Tailandia, antes Siam. Y ahora en eSwatini, antes Suazilandia, salvo que Msuati III cambie de idea como de esposa cada noche.

Jorge Elías

Twitter: @JorgeEliasInter | @Elinterin
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Escrito por

Jorge Elías

Conductor y columnista de Radio Continental y de la Televisión Pública Argentina. Dirige el portal de información y análisis internacional El Ínterin. Escribió, entre otros libros, “El poder en el bolsillo, intimidades y manías de los que gobiernan” y “Maten al cartero, posdata del asedio a la prensa durante las dictaduras militares del Cono Sur”. Es miembro del Instituto de Política Internacional de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, de Argentina, y consultor del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI).

Sobre el Blog Cada día hay en el mundo tantos divorcios como bodas. O, acaso, más divorcios que bodas. Algo parecido ocurre en las relaciones internacionales, signadas por amores y desamores tan sólidos como el viento. Paso a contártelos en este espacio.

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