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Crimen en Siria y castigo en Rusia

Trump se ha desmarcado de Putin al ordenar un sorpresivo ataque contra el régimen de Assad en represalia por haber utilizado armas químicas contra su población

Declaración de Trump sobre el ataque a Siria

Sin aviso, Donald Trump ordenó un ataque contra el régimen de Siria. Despachó más de medio centenar de misiles Tomahawk en represalia por el bombardeo con armas químicas que segó la vida de 86 civiles, un tercio de los cuales eran niños. La súbita intervención de los Estados Unidos en una guerra que lleva seis años, más de 320.000 muertos y 10 millones de desplazados y refugiados ha sido interpretada por el gobierno de Vladimir Putin, aliado del dictador sirio Bashar al Assad, como una "agresión a un Estado soberano". Putin, considerado el puntal de la victoria electoral de Trump en 2016, debe sopesar ahora hacía qué extremo inclinarse.

La arremetida de los Estados Unidos contra Siria, bautismo de fuego de Trump, coincidió con la visita del presidente de China, Xi Jinping, a su mansión y club de golf en Florida, Mar-a-Lago. El mensaje pareció ser en estéreo. No sólo para Assad, sino también para el líder de Corea del Norte, Kim Jong-un. En la víspera de la reunión de Trump con Xi, Kim disparó un misil balístico Pukguksong-2 (Estrella polar-2, en coreano) al Mar del Este (Mar de Japón) cual señal de advertencia para ambos. Si China no aumenta la presión para repeler a su antiguo protegido, anunció Trump antes de ver a Xi, los Estados Unidos podían actuar en solitario.

¿Cómo? Dilucidó la incógnita con el bombardeo contra Siria, bendecido de inmediato por Alemania, Francia, el Reino Unido y Australia. Trump pareció intentar despegarse de ese modo de Putin, cuyos servicios contra Hillary Clinton durante la campaña electoral no dejan de pasarles facturas a muchos de sus colaboradores en el gobierno.

Rusia participa de la lucha contra el Daesh, ISIS o Estado Islámico y el Frente al Nusra en Siria desde 2015. El lunes murieron 14 personas y otras tantas resultaron heridas a causa de un atentado en el metro de San Petersburgo, la segunda ciudad de Rusia. El gobierno de Putin ordenó arrestos de militantes del Daesh y del Frente al Nusra, brazo de Al-Qaeda en Siria. Los detenidos tienen perfiles parecidos al de Akbarzhon Dzhalílov, el supuesto autor de la masacre. Djalilov, de 22 años de edad, provenía de Kirguistán, ex república soviética de Asia central mayoritariamente musulmana.

El Daesh no se atribuyó el atentado, pero recordó en las redes sociales que Rusia, al igual Europa y los Estados Unidos, debía ser uno de los blancos de los mujaidines (dispuestos a morir por la causa de Alá) por haber metido sus narices en Medio Oriente. Los atentados terroristas repuntaron en Rusia en 2016. La tragedia de San Petersburgo obró como recordatorio del derribo del avión que cubría la ruta entre Sharm el Sheij, Egipto, y esa ciudad en 2015. Murieron 224 personas, casi todas rusas. El Daesh dejó su huella en esa ocasión.

Golpes de esa magnitud fortalecen el estilo autocrático de Putin, pendiente de ser reelegido en 2018. Las guerras de Chechenia y del Cáucaso norte nutrieron el extremismo desde el final de la Unión Soviética. El secuestro de cientos de rehenes en el teatro Dubrovka, de Moscú, en 2002, y en una escuela en Beslán, Osetia del Norte, dos años después, se saldaron con matanzas masivas. La intervención de Rusia en Siria despertó al monstruo. El ataque con armas químicas contra civiles dejó en evidencia el martes, un día después de la tragedia de San Petersburgo, la crueldad de Assad. La única diferencia con Putin es no haber sido elegido por el voto popular.

Rusia vetó la condena de la inhumana embestida de Assad en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En 2013 perecieron del mismo modo más de 1.400 civiles. Entonces, los 15 miembros del Consejo de Seguridad resolvieron por unanimidad el desmantelamiento de las armas químicas de Siria tras un acuerdo entre los principales antagonistas: Rusia y los Estados Unidos. Esta vez, Rusia acusó contra toda evidencia a los rebeldes de haber ocultado las armas químicas.

“Los miembros del Consejo de Seguridad, y en particular Rusia y China, han mostrado un gran desprecio por la vida humana en Siria al no haber aprobado repetidas resoluciones que permitieran que se tomen medidas punitivas contra quienes cometen crímenes de guerra y otras violaciones graves”, evaluó Anna Neistat, directora de Investigación de Amnistía Internacional.

La organización pudo autenticar más de 25 piezas de imágenes de vídeo de buena calidad. Fueron tomadas tras el ataque. Las víctimas tienen las pupilas puntiagudas, síntoma clásico de intoxicación por gas nervioso. Lo mismo ha reportado Médicos son Fronteras: “Las víctimas del ataque desprendían olor a lavandina, lo que sugiere que habrían estado expuestas a cloro. Estuvieron expuestas a, al menos, dos agentes químicos diferentes”.

No ha sido la primera vez que Assad echa mano de ese nefasto recurso. Tampoco ha sido la primera vez que atacan el metro o el ferrocarril en Rusia, como ha sucedido en otras latitudes. Treinta y ocho personas murieron en un doble atentado suicida en el metro de Moscú en 2010. Otra explosión, un año antes, causó 27 muertos en el tren de alta velocidad Nevsky Express, de Moscú a San Petersburgo. Fueron obras de los llamados mujaidines del Cáucaso. De esa región partió Abu Omar al Shishani (El Checheno, en árabe), de origen checheno y georgiano. Un mártir para el Daesh. Murió en Irak en 2016 después de haber combatido en Siria.

La progresiva derrota del Daesh en Irak y en Siria ha hecho retornar ahora a miles de mujaidines a Europa y a Rusia. La revista de propaganda y reclutamiento Dabiq (ciudad siria en la que, según Mahoma, los musulmanes iban a derrotar a los cristianos) pasó a llamarse Rumiyah (Roma). La edición de noviembre alentaba a usar vehículos contra multitudes, como en Niza y en Berlín en 2016, y en Estocolmo el 7 de abril, poco después de Londres, el 22 de marzo.

Ese día se cumplía el primer aniversario del atentado contra el aeropuerto y el metro de Bruselas. Estallaron, como en San Petersburgo, mochilas y bolsas con explosivos. Son los eslabones de una cadena sin fin que llevan a desplegar el mayor arsenal de la historia contra crímenes de lesa humanidad, como los cometidos en Siria, o de baja inversión en armas y alto retorno en víctimas, como la mayoría de los otros.

 

Publicado en Télam

Jorge Elías

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Escrito por

Jorge Elías

Conductor y columnista de Radio Continental y de la Televisión Pública Argentina. Dirige el portal de información y análisis internacional El Ínterin. Escribió, entre otros libros, “El poder en el bolsillo, intimidades y manías de los que gobiernan” y “Maten al cartero, posdata del asedio a la prensa durante las dictaduras militares del Cono Sur”. Es miembro del Instituto de Política Internacional de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, de Argentina, y consultor del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI).

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