Argentina, 24 de abril de 2014

El juego de los niños que matan niños

Santos Godino, alias “el petiso orejudo” tenía quince años cuando fue condenado a cadena perpetua por asesinar a cuatro niños. Uno de sus crímenes fue el siguiente: Reina Vainikoff, hija de inmigrantes, de cinco años, estaba mirando la vidriera de una zapatería. De pronto un chico se le acercó por detrás y le prendió fuego a su vestido nuevo y se escurrió en las calles. La niña se convirtió en una tea.
Orlando Barone | 20 de Mayo de 2008
Santos Godino, alias “el petiso orejudo” tenía quince años cuando fue condenado a cadena perpetua por asesinar a cuatro niños. Uno de sus crímenes fue el siguiente: Reina Vainikoff, hija de inmigrantes, de cinco años, estaba mirando la vidriera de una zapatería. De pronto un chico se le acercó por detrás y le prendió fuego a su vestido nuevo y se escurrió en las calles. La niña se convirtió en una tea. ¿Por qué mataba niños “el petiso orejudo”? Lo cierto es que los mataba con gusto. Sobre su cerebro se hicieron investigaciones. Pero lo que nadie puede hacer es investigaciones sobre el cerebro de futuros asesinos. Hace quince años cerca de Londres dos niños de diez años, Robert Thompson y Jon Venables mataron a James Bulger de solo dos años. El pequeño, en una distracción de su madre en el supermercado, fue tentado por los dos niños más grandes a seguirlos. Lo que hicieron con él después y acabó con su vida puede abreviarse: los peritos constataron que los asesinos le quitaron al bebé los pañales y lo torturaron con filos y cables eléctricos. Motivos: el juego y la curiosidad siniestra. En 1989, en Pensilvania, Cameron Kocher de diez años le disparó con un rifle en la cabeza a Jessica Can de siete años, matándola. Motivos inextricables. En Cádiz hace ocho años dos adolescentes de quince años asesinaron a puñaladas a una compañera llamada Klara García. Le tenían rabia. En 2005 el llamado asesino de Katana, en España, José Rabadán Pardo de catorce años, entró al cuarto de sus padres a mitad de la noche con una espada japonesa y los cortó en trozos. Después despachó a su hermanita.

Lo de la matanza en Colombine es más cercano: dos adolescentes acribillaron y mataron a diez estudiantes e hirieron a otros veinticuatro. Después se suicidaron. En Arkansas, en el colegio Westside hace diez años, dos chicos de diez y once años armados hasta los dientes hicieron sonar la alarma de incendios de la escuela y cuando sus compañeritos salían de las aulas en busca de socorro, les disparaban como en un tiro al blanco. Mataron a cinco e hirieron a diez gravemente. Aquí, en Cármen de Patagones, ya se sabe. Para qué recordarlo. No me pregunten qué se debe hacer con asesinos niños porque ni siquiera sé qué se debe hacer con niños que no son asesinos. Ignorando a la Convención sobre los derechos del niño EEUU mantiene en prisión condenados a perpetua a más de 2.200 menores asesinos. En su mayoría negros e hispanos, naturalmente culpables. En otros países se les procura un tipo de cautiverio más terapéutico y menos tajante. No sé si Freud tiene las claves para entenderlos. Tampoco si tienen la culpa el Capitalismo, el comunismo o el populismo; los padres separados, los video juegos, la falta de amonestaciones o las hamburguesas. Y no creo que ningún Medio ni periodista sea capaz de largar una posible condena al aire, sin calcular el rating. Y si aquí o allá se les dejara el tribunal a los buenos vecinos volverían el garrote vil y la cámara de suplicios. Todo esto dando por comprobado que en un baldío de Almirante Brown en Buenos Aires, dos niños “jugando” o en serio, mataron a una beba.

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Sobre el Autor Orlando Barone es escritor y periodista. Trabaja en el diario La Nación y en la revista Debate, así como en La Mañana de Continental. Fue el gestor del mítico libro de diálogos entre Jorge Luis Borges y Ernesto Sabato, y publicó recientemente “Imperdonables”, una compilación de notas publicadas en diversos medios, entre ellos Continental.
Sobre el Blog! Con su Carta Abierta, Orlando Barone abandona las formalidades del lenguaje periodístico y mira la realidad desde otro lugar, con el tono más apasionado de un ciudadano y el más elaborado de un escritor.
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