El gobierno chino hizo desaparecer en un pispás un documental sobre la contaminación ambiental que había sido visto por 200 millones de personas en cinco días. No era conveniente que el video Under the Dome (Bajo la Cúpula), de la periodista Chai Jing, circulara alegremente por las redes sociales. En Tailandia, la novela 1984, de George Orwell, se ha convertido en un símbolo de protesta desde que el general Prayuth Chan-ocha, primer ministro gracias al golpe militar que culminó con su nombramiento el 21 de agosto de 2014, decidió inhibir su lectura. El mismo título, publicado en 1949, bate récords de venta en los Estados Unidos por el escándalo de espionaje masivo denunciado por Edward Snowden.
La estupidez no tiene límite cuando manda la censura. Tampoco tiene límites cuando los medios de comunicación engañan a sus lectores, oyentes o televidentes con versiones tergiversadas de la realidad, de modo de apoyar una causa nacional, como una guerra, o una causa privada, como un negocio. Eso pasa a menudo, aunque uno insista en separar la paja del trigo o, en este caso, la propaganda del periodismo. Si no manda la censura, por temor o por pudor manda la autocensura. La información es poder y, como dejó dicho Orwell en 1984, “la ignorancia es la fuerza”. La ignorancia puede ser fruto de la mentira o, peor aún, de la omisión.
La verdad se cotiza en baja cuando los predicadores de turno pretenden imponerla en primera persona. Si hay tres versiones de la verdad, “mi verdad”, “tu verdad” y “la verdad”, se supone que “mi verdad” será irrefutable, “tu verdad” será ridícula y “la verdad” será siempre relativa. La guerra contra Irak en 2003, después de la “guerra contra el terror” emprendida con obediencia patriótica por la mayoría de los medios de los Estados Unidos y del mundo occidental, dejó en evidencia cuán largas son las patas de la mentira. Saddam Hussein era un tirano, pero, nobleza obliga, no tenía las armas de destrucción masiva por las cuales estalló la guerra.
Tendemos a desconfiar más de los gobiernos que de los medios. Es mi caso. Quizá porque aún tenga fe en aquello que supe que iba a ejercer desde mis tempranos nueve años: un oficio, una profesión o un arte llamado periodismo. La propaganda pública y privada logró desvirtuarlo con una práctica sutil, denominada operación de prensa, a la cual apelan gobiernos y medios para imponer “la verdad”. Entonces, como dice Edward Bernays en su libro Propaganda, publicado en 1928, “quienes manipulan este mecanismo oculto de la sociedad constituyen el gobierno invisible que detenta el verdadero poder que rige el destino de nuestro país”. De cualquier país.
Antes, los censores suprimían o alteraban aquello que podía resultarle molesto al gobierno en los contenidos impresos. Las dictaduras militares refinaron la técnica cerrando medios, vedando determinadas lecturas y persiguiendo periodistas. Ahora, los censores sustituyen tachaduras y tijeretazos por burdos bloqueos de páginas web. Ocurre en China, Rusia, Turquía, Hungría y Pakistán, así como en otros países cuyos gobiernos, al parecer, respetan la libertad de expresión, pero, en realidad, restringen el acceso a la información, intimidan a los críticos, sobornan a los aduladores y usan ejércitos de usuarios en las redes sociales para matar al cartero.
Maten al cartero se titula uno de mis libros. En él describo el asedio a la prensa durante las dictaduras militares del Cono Sur. Esa sigue siendo la consigna, matar al cartero, en lugar de honrar “la verdad” o, al menos, buscarla. En México, según el informe Estado de censura, de Article 19, “cada 26,7 horas es agredido un periodista”. En Irán están prohibidos Persépolis, cómic de Marjane Satrapi, y, como en una decena de países, la novela Los versos satánicos, de Salman Rushdie. Harry Potter es mala palabra en Arabia Saudita. Los presos de Guantánamo no pueden leer Crimen y castigo, de Fiódor Dostoievski, ni Archipiélago Gulag, de Alexander Solzhenitsyn.
Las restricciones son absurdas, pero confirman la sentencia de Jean François Revel en su libro El conocimiento inútil: “La primera de las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”. Es decir, “la guerra es la paz”, “la libertad es la esclavitud” y “la ignorancia es la fuerza”, como concluye Winston Smith, protagonista de 1984. ¿Y la libertad? “Es poder decir libremente que dos y dos son cuatro –apunta Winston a escondidas de El Gran Hermano–. Si se concede esto, todo lo demás vendrá por sus pasos contados". Mientras tanto, quien controla el pasado controla el futuro y quien controla el presente controla el pasado. El Gran Hermano te vigila. Siempre. “La verdad” de Orwell es, humildemente, “mi verdad”.
 
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