Exactamente hace un año, el policía Aldo Garrido era asesinado de cuatro balazos. Justo él que nunca sacaba su arma reglamentaria 9 milímetros. No desenfundaba. No tenía el gatillo fácil. Era un custodio de la vida de los vecinos y también de los delincuentes. Por eso, aunque se trataba de una pareja que estaba robando en un comercio, intentó forcejear con ellos, expulsarlos del local, que se fueran sin lastimar a nadie.
Ernesto Luque con su revolver 32 le metió dos balazos en el estómago. Garrido se quebró pero no terminaba de caer. Se resistía tirando manotazos al aire con su frente alta y sus manos limpias. En ese momento, Débora Acuña, lo empujó con fuerza, le sacó su pistola y lo liquidó con dos balazos traidores y cobardes por la espalda. Así se terminó la vida del policía bueno. Esos dos energúmenos fueron descubiertos porque se les cayó en el lugar una foto del hijo de ambos. ¿Para que llevaban la foto del hijo? ¿Qué mensaje, herencia o legado le dejaron a ese hijo esos padres enfermos de locura que por suerte hoy están presos, condenados a cadena perpetua.
Hace un año que los vecinos de San Isidro lo extrañan. Lloraron su muerte como si fuera la de un familiar muy cercano. Es que Garrido así se comportaba. Amable, cordial, solidario, siempre dispuesto a dar una mano al que lo necesitara. Sentía orgullo de ser un policía honesto y con vocación de servicio. Practicaba el hacer el bien sin mirar a quién. Era la contracara de aquella maldita policía bonaerense que todavía existe como metástasis de aquel cáncer de la dictadura. El era parte de la bendita policía. De la que queremos todos los argentinos pacíficos que soñamos con vivir en paz y libertad con nuestros hijos. Inmediatamente todos recordamos nuestra infancia. Aquel viejo policía de la esquina o de la cuadra que nos ayudaba a cruzar, que nos transmitía confianza, que tenía autoridad y que era incapaz de pedir una coima o caer en el mismo salvajismo de los delincuentes. Aquellos policías como Garrido eran el símbolo de la ley y no de la trampa, de la protección y la contención. Hace un año que aquel ejemplo profesional se convirtió en héroe.
Dentro de algunas horas van a descubrir un busto suyo hecho de bronce con las llaves que aportaron los vecinos, sus amigos del alma y del barrio. Será en la esquina de Belgrano y pasaje Garrido como fue rebautizado el ex pasaje Chacabuco. Van a proyectar un documental en su homenaje. Monseñor Cassaretto oficiará la misa y con una plegaria rogarán por su alma y su memoria. Hoy es el capitán Aldo Garrido, ascendido post mortem por su valentía. Pero su viuda, Marta Barberis lo llora todas las noches. Siente un dolor terrible que le quema el corazón. Dos asesinos le arrancaron a su esposo. Solo le queda el consuelo de saber que pocas veces alguien con uniforme se ganó el respeto y el afecto fraternal de tanta gente.
Pocas veces un policía recibe la bendición de sus vecinos. Aldo Garrido lo logró. Fue capaz de entregar su vida para defender otras vidas. Aldo Garrido, que en paz descanse. Con sus ojos buenos y su coraje incomparable.