Siempre sentí envidia por los hinchas de fútbol: esa pasión que los tiene todo el tiempo en carne viva, la erudición, la capacidad estratégica, la formidable memoria, la profundidad de un interés que cruza barreras y establece vínculos inmediatos. Es como manejar fluidamente un idioma universal. Siento envidia de esa fratria que goza de un tema eterno de conversación y un objeto de amor vitalicio. Estoy lejos de sentir nada de eso. Si pudiera elegir sería hincha de Boca, por supuesto. Pero justamente no es la clase de cosa que uno se sienta y elige. Uno se hace hincha de un club porque el padre lo afilió y le compró la camiseta en el momento en que recibió el resultado positivo del análisis, o porque toda la familia es de un club y entonces se hace hincha del contrario, o por algún hecho fortuito que le haya tocado el corazón. Pero en general no es algo que se elija con la cabeza. El fútbol sólo me interesa como hecho artístico. Me gusta cuando es bueno, me aburre cuando es malo. Como si se tratara de una película coreana, apenas me sé algunos nombres, un director, tal vez una actriz. Y esa distancia, entonces, me permite hoy ver a Maradona con una luz diferente del resto del pueblo argentino.
No espero que nadie coincida conmigo, no soy tribuna de doctrina ni tábano sobre conciencia alguna. Lo que digo corre por mi cuenta. Para mí, Maradona no es una persona cualquiera como usted o como yo. Lo veo más como una de esas deidades cuyas aventuras leíamos con fruición en la mitología griega. A nadie se le habría ocurrido entonces reprocharle a Zeus (por ejemplo) sus constantes infidelidades a su esposa Hera, y el hecho de andar teniendo hijos por ahí con toda clase de seres, divinos o mortales, humanos o no tanto. A ver si nos entendemos: Zeus no era un funcionario público, un dirigente sindical o un líder religioso. Zeus era un dios. Tenía los poderes de un dios y hacía lo que se le daba la gana. Estaba por encima de la corrección política y las buenas costumbres. Tal vez decía groserías en las conferencias de prensa.
Por primera vez me alegro de no ser hincha de fútbol. Yo no estoy indignada con Maradona. Nada en el mundo podría hacer que me indignara con Maradona. No me importa si gana o pierde los partidos. No siento mi patriotismo comprometido en una copa del mundo. No espero de él determinada conducta. Sólo miro lo que hace como testigo de un tiempo privilegiado, de esos que después aparecen en los libros de historia. Yo lo vi jugar al fútbol, esa epifanía. Entiendo que muchos esperan que sea eficiente, humilde y educado. Mientras tanto transcurre la historia de una estrella planetaria. No seré yo quien le diga cómo tiene que comportarse.
Link: Top 10 de los goles de Maradona